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La ciudad en un semáforo: prejuicios, desigualdad y soledad

En una esquina cualquiera, de nuestra capital o de alguna otra, una tarde lluviosa, ajetreada, con la sensación de que la hora pico lo es más que nunca. Ahí nos ubicamos, ahí empezamos.

Verde, amarillo, rojo. Y frenazo.

Este vaho con las ventanas cerradas y sin aire acondicionado no me deja ver nada –dice en su mente, sin pronunciar palabra–. Ya hasta me duele el brazo de limpiar el parabrisas con este trapo viejo. Lo que estoy haciendo más bien es untar la grasa por todo lado. ¡No ve! –se le escapa en voz alta–, ni al pobre señor que pide limosna debajo de este diluvio lo puedo reconocer, y yo que paso por acá todos los días a esta hora. Solo espero que el otro cruce no esté demasiado lleno para poder descargar rápido el camión y que me dé tiempo de coger el bus de las seis, que si no, voy llegando empapado a la casa hasta las nueve o diez. Ya a estas edades no queda más que cuidarse el pecho.

Rojo, que por favor se mantenga en rojo.

–Oiga mi pana, échame una manito, que la cosa está más dura cada día, vale. Aquí seguimos pegaos luego de ese Darién que es una verdadera calamidad, mi hermano. No se lo deseo a nadie, ni al mismísimo Maduro. Hoy he estado todo el día y no me da ni pa’comprar la leche de la beba. Los carajitos me los cuida mi hermana mientras yo busco una chamba. Hazte la cuenta de que el muy engreído del carro anterior ni me volvió a ver. Se siente uno mal. ¡Ah, muchas gracias, vale!, que Dios te lo multiplique, mi hermano, y que nunca te falte el pan en tu hogar. ¡Bendiciones!

¿Por qué dura tanto este rojo?

–Me tiene harto este tipo aquí, siempre pidiendo plata; ya no puede uno ni estar tranquilo mientras hace un semáforo –él a ella, con su altanería característica–. No entiendo cómo los dejaron entrar así, tan facilito, como si nada, como Pedro por su casa. OK Google: súbele el volumen a la música un poco más, que la música todo lo hace olvidar. Solo espero que el maecito de la moto, este que viene ahí atrás, no me vaya a rayar el carro, que no tengo ni tres meses de haberlo sacado de la agencia. Te dije que el problema son los motociclistas; no se pueden aguantar tranquilos todo el rojo, sin intentar adelantar, para que a los 50 metros uno los vuelva a rayar.

Tres, dos, uno, en verde, ¡vámonos!

Hoy estos carros están más apelotados; no da chance de pasar entre ellos. Este compita piensa que la calle es toda de él. Se pegó demasiado y ahora no puedo tirarme por ahí y saltarme el semáforo. Uy, se me está metiendo agua congelada por la espalda. Debe ser que la capa ya está rajada de tanto uso. Y pensar en esta comidita caliente que llevo aquí atrás. Ese restaurante se ve riquísimo; espero poder invitar a la güila algún día a que vayamos a comer ahí y que nos tomemos unos fresquitos. Pero diay, claro, más duro la debe tener ese muchacho de la parada de buses, tan avejentao que lo veo ya, con la cara quemada, ahí siempre llevando sol y viento. Si pudiera, le compartiría lo que traigo aquí;, seguro que me lo agradecería –menciona, en una voz que nadie nunca podrá escuchar por estar vendada –¿vedada?– por un casco desgastado.

Rojo, morado, azulado incandescente, burbujas multicolor que flotan en el aire.

–Mejor me subo en la banca de la parada y no me mojo los pies– exclama, como siempre, en voz alta, intensa, en proclama, aunque nadie esté a su lado, también como siempre–. Pero es que desde acá el viejo gordinflón ese del camión me ve más fácil; ya está acá otra vez, siempre antes de que anochezca. Eso es raro, siempre a la misma hora. Y siempre se me queda viendo así de feo, de reojo, y por eso usa ese trapo para limpiar su parabrisas y observarme con más detalle. Yo sé que así intenta meterse en mis pensamientos. ¡Fue él quien me ordenó subirme en esta banca!

Un mismo momento, igual punto de reunión; una interacción sin intenciones. Queriendo o no, rozándose, intercambiando miradas, prejuicios, solidaridad, a veces. Voces nunca escuchadas; oídas, tan solo, en modo de madrazos, en el mejor de los casos. Un minuto de confluencia de experiencias, el reencuentro de clases, de perspectivas, de sesgos cognitivos. De estar en la misma tormenta, pero no en el mismo barco. De historias de vida que se desaguan entre asientos de cuero y pies mojados, entre drogas durante los primeros años o trabajo informal –también desde aquellos primeros años–. La calle, el espacio público, el estadio, las luces del semáforo: todos envueltos en ojeadas pasajeras sin detenimiento, sin un abrir de pupilas, ni escucha empática, ni hermandad. Todos amarrados, sin embargo, por algo que llaman soledad; perdón, sociedad.

ricardo.millangonzalez@ucr.ac.cr

Ricardo Millán es médico psiquiatra, catedrático de la Universidad de Costa Rica y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.

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