2 de septiembre de 1974. Un joven madrileño de veinticuatro años, recién investido como doctor en Bioquímica por la Universidad Complutense de Madrid, tras un vuelo de casi nueve horas, recoge sus maletas en la monumental e icónica terminal TWA del Aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York. [...] Le lleva directamente a Estados Unidos la concesión de una de las entonces famosas becas Fulbright —600 dólares mensuales, más un suplemento de 300 que le proporciona el laboratorio [de Stuart Aaronson, en el National Cancer Institute (NCI), en Bethesda, Maryland]—. El apartamento costaba 250 dólares. [...] Ya había conseguido plaza de funcionario público del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Sin embargo, no le interesaba. En la primera potencia mundial estaba dispuesto a trabajar casi las veinticuatro horas del día. Desde que Barbacid pisa suelo estadounidense hasta que es capaz, junto con su equipo, de aislar el oncogén humano HRAS de una línea celular derivada de un carcinoma de vejiga pasan casi ocho años. El hallazgo es publicado en mayo de 1982 en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), revista estadounidense. Le permitirá entrar en la élite científica mundial y ser miembro de la Academia de Ciencias de EE.UU. Barbacid no era el único investigador que perseguía el 'Santo Grial' de identificar el primer oncogén humano. La competencia era en esos momentos brutal. Con solo dos becarios posdoctorales, la italiana Simonetta Pulciani y el salmantino Eugenio Santos —otra persona clave en la larga caminata de Mariano—, Barbacid competía con el grupo del doctor Robert Weinberg, un afamado catedrático del no menos célebre Massachusetts Institute Technology (MIT), con muchos años de experiencia en oncogenes retrovirales y en donde trabajaban más de treinta investigadores. [El segundo competidor era Michael Wigler, del Cold Spring Harbor Laboratory (CSHL), en Nueva York]. Una vez aislado el famoso oncogén, Barbacid decidió no arriesgarse, es decir, no mandó su artículo a la famosa y prestigiosa revista Nature por miedo a que algún editor no se creyera que un españolito de treinta y dos años podía haber superado a dos grandes figuras del establishment científico estadounidense en la carrera por aislar el primer oncogén humano. Así pues, dos días antes de la sesión plenaria, Mariano expuso sus resultados en un póster. Mientras esperaba pacientemente a que otros colegas se acercasen, apareció Peter Rigby, del Imperial College de Londres y asiduo comentarista de la revista Nature. Según recuerda el español a pesar de los años transcurridos, tras felicitarle por los resultados expuestos, Rigby le preguntó si había trabajado en el laboratorio de Weinberg o en el de Wigler. Barbacid le contestó que no, que esos resultados se habían conseguido en su propio laboratorio del NCI y que, de hecho, no conocía personalmente a ninguno de los dos científicos estadounidenses. Un sorprendido Rigby le dijo: «¿Me está diciendo que ha hecho todo esto —es decir, aislar el primer oncogén humano— y que yo nunca había oído hablar de usted?». La confirmación del descubrimiento científico del español resultó un bombazo universal. Aunque, por desgracia, el MIT es mucho MIT, y la mayor gloria se la llevó Robert Weinberg. De hecho, a las pocas semanas, mientras Barbacid participaba en otro congreso, esa vez ya como invitado/protagonista, le comentaron que la famosa revista Time había publicado un artículo sobre el aislamiento del oncogén humano. Barbacid se fue raudo a comprar la revista para enviársela a sus padres, pero comprobó que el artículo solo citaba a Weinberg. Que tampoco citara a Wigler no le sirvió de consuelo. Mal de muchos... Al final no puede olvidar algo elemental: «Yo era un joven español que venía de un país con escasa historia científica y, además, no era estadounidense, ni siquiera británico. Y me apellidaba Barbacid, no Monroe». En meses posteriores, los tres laboratorios que habían trabajado en el descubrimiento ampliaron sus investigaciones, tan decisivas para la terapia contra el cáncer. El siguiente aldabonazo fue descubrir que el famoso oncogén humano era alguien ya «conocido»... Se trataba de la versión humana de un oncogén retrovírico, denominado HRAS, identificado en un sarcoma de rata aislado en 1964 por la investigadora inglesa J. J. Harvey —de ahí la designación HRAS, Harvey Rat Sarcoma—. El NCI y otras fuentes de financiación del país llevaban más de una década invirtiendo cientos de millones de dólares en apoyar estudios a nivel molecular sobre los mecanismos de transformación maligna inducidos por retrovirus sin poder llevarse a la boca ningún resultado práctico. Nada: en 1982, el cáncer continuaba siendo una auténtica «caja negra» para la medicina. La única vía posible en aquel momento para entender qué pasaba en los pacientes con tumores o por qué un fumador tarda una media de treinta años en desarrollar un cáncer de pulmón, y cómo se produce dicho cáncer, son los estudios moleculares llevados a cabo en laboratorios de investigación básica, especialmente aquellos centrados en oncogenes retrovíricos. «Lástima —dice Mariano— que los políticos españoles responsables de la investigación científica, que ahora 'exigen' para financiar un proyecto que sea 'traslacional', no sean conscientes de que, sin ciencia básica seguiríamos tratando el cáncer con agentes citotóxicos. Seguro que si hubiera sido por ellos nunca se hubieran financiado los estudios con oncogenes retrovíricos y no se hubiera avanzado nada».