Con apenas 11 años Margarita Cabanás Jiménez, jefa de Oftalmología del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, asistió a su primera vez en su vida a una operación. «Era de vesícula y vi mucha sangre, pero la verdad es que no me dio miedo», recuerda. Esta prestigiosa oftalmóloga, profesora universitaria y autora de numerosos artículos científicos sobre su especialidad, saca tiempo todos los años para ir a África a operar cataratas y esta faceta de cooperante internacional es quizá de lo que más orgullosa se siente. Hace pocos meses recibió la Medalla de Sevilla, acompañada de su familia y de su compañeros. -¿Siempre quiso ser médica? -Desde que tengo uso de razón. Me recuerdo de pequeña, siempre disfrazándose de médico con una bata blanca y vestirme de cirujana con mi maletín. tenía mis referentes familiares y con 11 años fui a la primera cirugía que recuerdo. -¿Cómo fue eso? -Lo recuerdo perfectamente, fue una operación de vesícula. Ahora lo pienso y me pregunto cómo tan pequeña tuve la valentía de meterme en un quirófano y vestirme con mi pijama y mascarilla. Luego fui a una operación de varices y así sucesivamente, fui entrando poco a poco. -¿No le daba miedo la sangre con 11 años? -En un quirófano, no. Siempre me atrajo muchísimo esta profesión. Sentía que yo tenía que ser médico y nunca dudé que lo iba a conseguir. - ¿También tenía claro que iba a ser oftalmóloga? -La verdad es que no tenía mucho conocimiento sobre esta especialidad hasta que realicé el MIR. No me adentré demasiado en ella durante mi etapa en la facultad. Pero una vez hecho el MIR, habiendo sacado una posición magnífica, tenía acceso a cualquier especialidad y me informé de las especialidades más prometedoras, las más interesantes, las que tenían más salida profesional y la que se podían ajustar un poco más a mí. Hice balance y aposté por una especialidad sin conocerla previamente. Varias amigas y compañeras me transmitieron su pasión por la oftalmología. Y puedo decir que no me equivoqué y que fue una grata sorpresa a nivel profesional. Es una especialidad con muchísimo interés, no solamente científico, sino humano. La visión es el sentido más relevante. Por supuesto, sin despreciar ninguno. Los ojos son el espejo del alma, son las ventanas a través de las que miramos. El sentido de la vista es el motor de mi profesión y me aporta la energía diaria para levantarme por las mañanas y tratar de pensar cómo puedo ayudar a las personas que confían en mí a recuperar su visión o a mejorarla. -¿Se tuvo que privar de muchas cosas durante su juventud para poder llegar a donde está ahora? -Sí. Se disfruta estudiando y haciendo nuestras prácticas, pero tienes que privarte de muchas cosas. Sales menos y estudias mucho más que la media del estudiante universitario, entonces eso ya conlleva un esfuerzo. Hablamos de la carrera más larga que existe y después de seis años, llega el MIR. Tienes que estar un año como mínimo encerrada, literalmente, estudiando como en una oposición para sacar plaza. Pero cuando acabas el MIR, ya eres especialista pero tienes que hacer otra oposición para para alcanzar una plaza, por ejemplo, en el sistema sanitario público. -Además, en su profesión debe de estar actualizándose constantemente... -Tienes que hacerlo, leer y viajar a congresos. Como investigadora tienes que dedicar muchas horas a eso y tienes que sacar tiempo donde no lo tienes, de las noches, del tiempo de la familia. Yo le tuve que quitar mucho tiempo a mi familia de poder estar con ellos. Ahora mi hijo estudia Medicina, lo cual es un enorme orgullo para mí. -La conciliación laboral y familiar debe de ser muy difícil en su trabajo. -Durante estos 20 años hubo momentos muy duros, especialmente cuando nació mi hijo. La conciliación es difícil para un profesional que quiere estar en el top. Para poder abarcar todo necesitas sacrificar mucho y necesitas dedicar muchísimas horas y como está montado ahora mismo el sistema, no es nada fácil. ¿Qué solución tiene eso? Tampoco lo tengo claro, porque no es sencillo. Si me hacen elegir, lo primero es ser madre, claro. Tengo la sensación de que en España todavía es muy complicado para una mujer tratar de aspirar a a la excelencia profesional y criar un hijo. Porque conlleva esfuerzos inhumanos y hay veces que puedes pensar :¿Merece la pena realmente hacer todo ese sobreesfuerzo? A mí me ha merecido la pena porque tengo un hijo magnífico y tengo una profesión que me apasiona. -Hace cinco años le detectaron un cáncer de mama. ¿Cree que pudo tener algo que ver con ese sobreesfuerzo? -Bueno, no puedo achacarlo directamente, pero tuve el tumor en el momento de mayor estrés profesional que he tenido nunca. Al final uno tiene la predisposición genética y existen distintos factores, como estrés, alimentación, exposición a tóxicos u otros muchos otros. Cada uno lo que le toque. Todo eso puede ayudar a que aparezcan este tipo de patologías. -¿Tuvo miedo a no salir adelante cuando le dieron la noticia? -Sí, hasta que no supe qué tumor era y qué extensión tenía. Ante una enfermedad así, todo el mundo tiene miedo porque el cáncer es una enfermedad a la que se vence a largo plazo, ni siquiera a los cinco años. Siempre se tiene temor a una recaída porque yo, al haber tenido un cáncer de mama, tengo mayor riesgo de tener otro que cualquier otra mujer que no lo haya tenido nunca. Es como una espada de Damocles que está ahí y que te viene a la cabeza de vez en cuando. Ahora han pasado justo cinco años del mío y me acaban de quitar el tratamiento que tomaba. Ahora estoy sólo sometida a revisiones pero a mí me da miedo dejar el tratamiento. Porque el tratamiento me protege, lo malo es que tiene efectos secundarios. - La primera noticia será un shock... -Se te para la vida, es una parada en el tiempo. Pero después, hasta que no sabes el alcance que va a tener la enfermedad, el pronóstico, cómo es el grado de extensión, cuál va a ser tu plan de tratamiento, entras como en una incertidumbre que realmente te inmoviliza más que otra cosa. Una vez que todo eso se acota, empieza el periodo de reflexión y realmente a mí me supuso un cambio en mi personalidad. Desde entonces valoro mucho más las cosas que considero realmente importantes en la vida. Las personas queridas. Hacer lo mejor que puedas hacer en todo lo que hagas a nivel profesional, personal, tus relaciones. Valorar la amistad de las personas, valorar la suerte que tenemos de poder tener un trabajo que que desarrollar y que realmente quieres. Tienes una responsabilidad digamos con el mundo de de poder devolver lo que la vida te ha permitido tener. Si he tenido la suerte de poder aprender a operar, a resolver problemas, tengo responsabilidad hacia el resto del planeta de ponerlo en valor y utilizar todo eso para que otras personas pueda beneficiarse de eso. -¿Qué es lo más importante que ha aprendido durante estos cinco años de tratamiento? -Yo he aprendido mucho de mí misma durante este periodo y me ha hecho ver que sé encajar mis miedos y que soy una persona valiente que intenta tirar para adelante. Eso me parece importante en un trabajo como el nuestro en un hospital tan grande en el que tienes que enfrentarte a muchos retos. Me cambió un poco el carácter y me ayudó a asumir todas esas responsabilidades que a lo mejor años antes me hubiera costado mucho más. - ¿Puede decir entonces eso de que no hay mal que por bien no venga? -Yo siempre he intentado tener una lectura positiva de todo lo que me pasa en la vida, por muy malo que sea. A mí el cáncer me ha hecho crecer a nivel personal y al crecer personalmente creo que he cogido solera profesional. Todo está conectado y a mí esta experiencia me ha dado coherencia, seguridad, claridad mental y capacidad de reacción para afrontar problemas sin caer en el caos o en el pánico escénico. Ser cirujano y tener que mantener la concentración durante una operación, por ejemplo, de seis horas, también me ha ayudado a eso. Otro gran cirujano como Guillermo Antiñolo, que superó un cáncer de colon con muchas complicaciones, comentaba en una entrevista con ABC que ese infierno por el que pasó durante muchos meses le hizo ver que hay mucho que mejorar en el trato a los pacientes. Decía que muchas veces los médicos actuaban como dioses. Supongo que estar en el otro lado de la mesa cambia mucho la perspectiva de las cosas... -Sí, exactamente. Hay que escuchar a los pacientes y ponerse en su lugar. Muchas veces les digo a mis residentes que por favor no piensen en el paciente como un ojo o dos ojos. Esos ojos van en la cara de una persona. Tienen un cerebro, tiene un cuerpo y tiene una voluntad propia. Y muchas veces tratas de diagnosticar rápido una patología y ofrecer ese tratamiento que te marca la teoría. Pero para hacerlo bien, hay que tener en cuenta el conjunto de esa persona, sus expectativas, el estilo de vida que tenga, lo que pueda entender, lo que espera de ese tratamiento y lo que realmente necesita. No podemos hacer lo que nosotros como médicos necesitamos resolver en ese instante. Desde mi punto de vista, la comunicación es uno de los pilares más importantes de la sanidad, para que todo funcione mejor, para que los pacientes tengan más conciencia, para que podamos aprender pautas que realmente mejoren también esa capacidad de ellos de aplicar y mejorar en la profilaxis de enfermedades, en el conocimiento del manejo de las enfermedades más básicas o de los de detección de sintomatología, de diferenciar lo que puede ser leve de grave. Si los que nos dedicamos a la sanidad fuéramos capaces de comunicar de una forma adecuada a nuestros pacientes y también enseñar a los pacientes a comunicarse con nosotros, todo mejoraría mucho y seríamos más eficientes. Nosotros tenemos que entender a los pacientes para llegar a saber cuál es el problema real y poder ponerle solución. ¿Y el cáncer le ayudó a entender esto? -Sí, muchísimo. Me abrió los ojos y me hizo ver cosas que antes no veía. ¡Qué importante es una palabra en un momento de tanta susceptibilidad! O un gesto o una mirada, cuando los médicos nos ponemos a hablar entre nosotros delante de un paciente. ¿Cuál es la diferencia más importante entre un paciente y un médico que se convierte en paciente? -El conocimiento. La vulnerabilidad es la misma, de verdad. Da igual lo que seas en ese momento, eres la persona más vulnerable del mundo y te vienes abajo. Tienes que confiar en lo que te digan y tienes que aceptar la situación que te ha tocado y a partir de ahí intentar salir airosa y con éxito. ¿Entonces la diferencia cual es? Que tú partes de un conocimiento previo que sabes que vas a tener en la cabeza independientemente de lo que te trasladen. Vas a tener esa suspicacia, esa falta de inocencia que a veces tienen nuestros pacientes y que sin faltarle al respeto ni muchísimo menos jugar con ella, a veces los protege un poco de las malas noticias, por lo menos inicialmente. Esa es una gran diferencia y a mí la enfermedad me hizo también ser mucho más consciente de la importancia que es una buena comunicación con el paciente, empatizar. Yo creo que siempre he sido una persona empática pero desde entonces lo soy más.