En 1872, siete años antes de la Revolución Francesa, Pierre Choderlos de Laclos escribió una novela, 'Las amistades peligrosas', muy leída y escandalosa en su día, en la que retrataba una sociedad decadente -su subtítulo era precisamente 'Cartas recogidas en una sociedad y publicadas para instrucción de algunos otros'- y presentaba a dos personajes, la marquesa de Merteuil y el vizconde de Valmont, dos libertinos tan inmorales como seductores. Sobre esta novela escribió el dramaturgo británico Christopher Hampton, que se estrenó en 1985 en la Royal Shakespeare Company con Lindsay Duncan como Merteuil y el siempre enigmático Alan Rickman Valmont. Tres años después, Stephen Friars rodó una adaptación cinematográfica que universalizó la historia (no era la primera ni fue la última, pero sí es la más popular). Narra la obra la perversa apuesta que llevan a cabo Merteuil y Valmont, amantes tiempo atrás; aquélla le reta a que seduzca a Cécil de Volanges, una joven recién salida del convento y prometida a un hombre del que la marquesa quiere vengar. Valmont, sin embargo, tiene otro objetivo: conquistar a Madame de Tourvel, una mujer casada y virtuosa. Las cosas, sin embargo, no salen como esperaban, y los sentimientos de ambos se acaban imponiendo hasta derivar en tragedia. Los seductores se convierten en seducidos. El abuso de poder es la columna vertebral de la puesta en escena de David Serrano que puede verse ahora en el Teatro Marquina. El director, también adaptador, junto a Curro Novallas, del texto, ha mantenido en éste la elegancia dieciochesca que posee, y lo contrasta con la esencialidad de la escena -un gran espejo roto flota sobre los intérpretes, pero en escena apenas hay un sofá y unas sillas- y el vestuario contemporáneo, con el que quiere subrayar la actualidad de la historia y permitir que el público sienta más cercanos y reconocibles a los personajes -durante la promoción de la obra se ha hablado a menudo de Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell como referentes- que Hampton dibujó: atractivos, seductores, inmorales, inteligentes u calculadores, aunque no sepan evitar ser víctimas de sus propios sentimientos. Al impecable montaje se le puede achacar excesiva frialdad y falta de sensualidad, quizás también por ese carácter despojado que le ha querido dar Serrano. El día del estreno, además la función parecía marchar al ralentí y a media voz, a pesar del trabajo de los magníficos actores que la interpretan, de los que hay que destacar la imponente presencia de Roberto Enríquez, la actitud de Pilar Castro y la sabiduría de Carmen Balagué.