Esta columna, publicada el 8 de agosto de 2026, es una reflexión sobre la materia de la que estamos hechos los seres humanos: el tiempo. Los filósofos, los físicos y los poetas han intentado desentrañar este misterio. Evoco un atardecer en Baiona frente al mar cuando el sol tiñe de rojo el cielo y los paseantes parecen sombras errantes en la playa. Es una metáfora de la imposibilidad de atrapar el presente . Una temática recurrente porque una de mis obsesiones es la fugacidad del tiempo y la vulnerabilidad de la existencia. Al mismo tiempo, hay una exaltación de Baiona, donde paso los veranos. Es una columna que se aparta de la actualidad política y sus urgencias, a mitad de camino entre lo literario y lo filosófico, para invitar al lector a hacer una pausa en su vida cotidiana y disfrutar de la belleza de lo perecedero. Apuntaba san Agustín que sabía perfectamente lo que era el tiempo, pero que a la vez era incapaz de explicarlo. Lo mismo podría decir yo a la hora del atardecer, sentado a unos pocos metros del mar en mi terraza de Baiona. Hay un momento en el que el cielo de poniente se tiñe de color rojo mientras el océano parece un espejo inmóvil. A esa hora, los paseantes se tornan siluetas a contraluz de una naturaleza casi incorpórea. Una mujer que bordea la orilla de la playa con un perro se funde en las sombras como un cuadro de Magritte. Todo se desvanece en la noche mientras se iluminan las casas de la bahía, misteriosos puntos que brillan a lo lejos en la oscuridad. El tiempo es inaprensible, se nos escurre de las manos y se acelera en la medida que cumplimos años. Henri Bergson escribió que el tiempo humano no es medible físicamente porque la vida es pura duración subjetiva. Cuando Einstein explicó en París en 1922 la teoría de la relatividad, el filósofo francés expresó su desacuerdo con la idea de un tiempo cósmico, que, a su juicio, era una ficción que ignoraba la percepción que cada hombre tiene de su propia experiencia. Bergson señalaba una verdad de sentido común: que una hora de felicidad pasa mucho más rápida que otra con un dolor de muelas. Esta subjetividad es llevada hasta sus últimos consecuencias por Kant, que niega la existencia objetiva del tiempo. En sus propias palabras, es una forma de la sensibilidad interna, es decir, algo que permite a nuestra mente ordenar la experiencia. Sólo existe en nuestro interior, una afirmación que contradecía la noción de Newton de un tiempo eterno sin principio ni fin. La polémica sobre la naturaleza del tiempo es apasionante desde el punto de vista intelectual, pero desgraciadamente no nos ayuda a prolongar nuestra vida ni a dar sentido a nuestra existencia. Aunque no sepamos lo que vamos a vivir, disponemos de un tiempo limitado y estamos sometidos a una decadencia física imparable. El tiempo avanza como una flecha que nunca retrocede hacia atrás. Ese momento del atardecer es fugaz e irrepetible y, sobre todo, no deja de ser la percepción de alguien que está sentado en una terraza y que tiene una perspectiva personal y singular del mundo. Desde ese punto de vista, es una creación de mi imaginación. Lo que me lleva a pensar que cada vez que miramos estamos creando una realidad única. Berkeley sostenía que las cosas que percibimos son un espejismo y que las cualidades de los objetos son puramente imaginarias. Sentado en mi terraza, tiendo a creer que no solo el tiempo es lo que dura la experiencia en nuestra mente sino que además la vida es una ilusión de la que siempre despertamos demasiado tarde. Cada atardecer es un reflejo de esa fugacidad que nos devora, de un verano que empieza a acabarse.