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Mercedes Monmany: “El nazismo, como sistema destructor, odiaba a los judíos y comunistas”

En Algo quedará de mí. Historia de diez heroínas de la Resistencia en el campo de Ravensbrück (Galaxia Gutenberg), de Mercedes Monmany, se realiza el rescate de la memoria y dignidad de un grupo de mujeres que experimentaron en carne propia la dinámica de un sistema exterminador, como lo fue el nazismo. Monmany es una de las críticas literarias y ensayistas más importantes del mundo. Autoridad mayor en literatura contemporánea europea. La República conversó con la autora sobre su último libro.

-En Algo quedará de mí hay mucho conocimiento, referencias literarias que suman y una visión humanística de la que se aprende. Pero deja algo más: es un documento sobre la dignidad del ser humano en tiempos en los que se ha perdido todo, desde la esperanza a los valores éticos y morales. 

-Siempre me admiró la estatura moral, el compromiso y el ejemplo dejado por muchos. Esa valentía decidida de mucha gente que se sacrificó sin tener miedo a lo que podía sucederle. Y no solo por parte de los nombres célebres y muy conocidos, sino por parte de personas anónimas que las más de las veces quedaron irremediablemente en el olvido. Lo hicieron con un enorme sentido de la dignidad, invocando en los momentos más negros un horizonte de esperanza que parecía perdido para siempre. Lo hicieron también para no dejar nunca de llamarse “humanos”, luchando ante las tiranías de su tiempo, defendiendo no solo unas ideas en cada momento (porque estas pueden estar equivocadas, como hemos comprobado muchas veces, aunque se defiendan con pasión), sino lo que es justo, éticamente insobornable y honesto. En definitiva, escogieron valientemente el bando de la libertad

-Cada historia de tus heroínas es fascinante, pero abordemos la figura de Germaine Tillion, la etnóloga francesa. De ella, por ejemplo, escribió muy elogiosamente Tzvetan Todorov. Es autora de Ravensbrück (1972), libro en el que dio cuenta de la atrocidad nazi en el campo de concentración de mujeres de Ravensbrück. ¿Ella tuvo claro desde el principio que debía dejar un testimonio de lo que pasó en ese lugar?

—Sí, todo comenzó con ella. Tengo una gran admiración por esta intelectual que nunca dejó de comprometerse con la “verdad”, fuera el momento histórico que fuera, también en la guerra de Argelia llevada a cabo por sus compatriotas en los 50. Hace unos años yo estaba invitada en una fundación de la Provenza francesa y en la habitación que me dieron alguien había dejado unos libros, dos o tres, y entre ellos uno titulado simplemente así: Ravensbrück. Yo no sabía nada en especial del funcionamiento de ese campo de concentración, solo que había sido de mujeres, construido por los nazis. Me quedé admirada, sin poder dejar de leer todos los capítulos y pormenores, analizados detallada y quirúrgicamente, de forma impasible, a diferencia de Primo Levi, que era más “literato”. Ella era etnóloga, y a la manera de los científicos, dejaría escrito este informe que, como dijo muchas veces, tenía que ser conocido por todos. También en homenaje a las ausentes, a las muchas compañeras que murieron en lugar de las sobrevivientes y que no pudieron contarlo.

-La imagen que das de ella es la de una mujer muy comprometida, nada indiferente.

- Fue una mujer de una gran entereza, que nunca se dejó abatir por la indiferencia o el desconocimiento, por el deseo de olvido, que a su regreso del campo encontró en numerosas ocasiones. Asistió a los juicios de Hamburgo contra los criminales y responsables de las SS en el campo de Ravensbrück y ya anotó tristemente el “escaso interés” que demostraban los periódicos por seguir día a día los terribles testimonios que allí se escuchaban.  Al regresar a España, me puse a buscar sobre “quiénes”, de las muchas mujeres que habían pasado por ese campo, podía escribir yo un libro, rescatando sus biografías. Me decidí a dejarlo en el número de diez, e intenté que dieran una idea lo más variada posible de lo que había sido la enorme pluralidad de la Resistencia contra los nazis: las había comunistas y católicas, monjas ortodoxas y aristócratas, periodistas y poetas, espías y partisanas, jóvenes estudiantes y madres de familia.

"Algo quedará de mí" (Galaxia Gutenberg). Precio: S/ 119. Imagen: Difusión.

- ¿Fue Tillion una feminista adelantada a su tiempo? 

-Eran otros tiempos, evidentemente. La palabra “feminismo” no aparece en ninguno de los escritos de Tillion, de su amiga la dramaturga comunista Charlotte Delbo, de la sobrina del líder de la Francia Libre, Geneviève de Gaulle, o de la amiga de Kafka, la batalladora periodista de los años 30, Milena Jesenskà. Su vida era su feminismo. Lucharon y ocuparon los mismos lugares que compañeros heroicos de la Resistencia. Algunas de ellas (como una madre de 9 hijos que menciono) fueron jefas de una red de aquellas, repartidas por todo el territorio francés. Con su habilidad y talento natural, como sucedió con la célebre espía Nancy Wake, si en ocasiones encontraron reticencias machistas a la hora de acatar sus instrucciones, ellas reaccionaron rápidamente para hacerse respetar. Y fueron, desde luego, muy admiradas y respetadas.

-Pienso también en los pasajes en los que nos hablas de Anise Postel-Vinay, joven de la Resistencia francesa que fue a parar a este campo de concentración de mujeres. Ella estuvo en los últimos momentos de vida de la madre de Tillion. En ese momento, se propone escribir de lo que ha visto. Se nota en ella una urgencia por la palabra, como si esta fuera una garantía contra el olvido. ¿Ellas eran conscientes del momento histórico que estaban viviendo? 

-Por supuesto, eran muy conscientes y eso las “obligaba” a sobrevivir, aquella rabia por “contarlo”. Sometidas a todo tipo de vejaciones, hambre y torturas salvajes, a todas aquellas camaradas resistentes que vivían y morían un día tras otro, no les guiaba, como muchas veces contaron, un simple sentimiento de odio o de venganza. Sobre todo, se trataba (Tillion lo explicó muy bien) de la indignación, una llamada profunda a la justicia. ¡Justicia! Era el grito principal que se elevaba por encima de todas aquellas fosas comunes y cámaras de gas, y era el grito que les decían las que iban a morir, llevadas en camiones: “¡Contadlo, que se sepa!”.

-Otro aspecto que deja muy claro Algo quedará de mí es la abominación que todo régimen totalitario tiene hacia las mujeres. Cuando decidiste escribir este libro, ¿presentías que tendría un mensaje moral?

-El nazismo, como sistema destructor, odiaba a los judíos y comunistas. Si esta figura la ponemos en escenarios actuales, es prácticamente el reflejo de una tiranía a la que no le interesaba el origen, ni mucho menos la ideología. Simplemente les interesaba exterminar. 

Una fotografía tomada el 15 de abril de 1965 muestra dos estatuas frente al campo de concentración nazi de Ravensbrück, situado a 80 km de Berlín, en memoria de las personas deportadas durante la Segunda Guerra Mundial. Foto: AFP.

-¿Cómo empezó esa monstruosidad?

-Todo comenzó con la ideología, por supuesto. Demoníacamente detallada y preparada en libros, tanto de Hitler como de Lenin y, más tarde, en las políticas criminales de su sucesor, Stalin. La excusa era que se trataba del “bien común”, de lo que necesitaba una sociedad, más allá de los muertos, deportados en campos y represaliados que se quedaran por el camino. Según ellos, se trataba de una “utopía”, en la que lo que importaba era la construcción de un nuevo modelo de sociedad. Sin libertades, claro. En el caso de la política racista del Tercer Reich, estaban en primer lugar los judíos, pero luego también seguían otras razas “impuras” como los gitanos o los habitantes de las regiones del este europeo, los eslavos, considerados subhombres, solo útiles para trabajar como esclavos en la construcción de una Gran Alemania, aquella del “Reich de los Mil años”, que había previsto Hitler. El exterminio emprendido, por supuesto, nunca se reconoció por parte de los dos totalitarismos. Pero en doce años de nacionalsocialismo y a lo largo de la Segunda Guerra Mundial se calcula que murieron alrededor de 80 millones de personas. En el caso del comunismo (en los estudios de Robert Conquest y otros historiadores), se calcula que los millones de muertos por esta ideología fueron unos 100, de forma global, y por los años de estalinismo, unos 30. Son cifras monstruosas que solo representan mínimamente la atrocidad del sufrimiento de los que vivieron en aquellos años.

-La activista comunista Lise London; la periodista checa Milena Jesenská, gran amiga de Kafka y quien también estuvo en ese lugar; y, de la misma manera, la joven poeta polaca Grażyna Chrostowska. Ellas, junto a las otras heroínas, tuvieron a la cultura no solo como lugar de refugio espiritual, sino también como un arma de resistencia fáctica.

-Milena, la gran amiga y novia durante un tiempo de Kafka, una periodista muy conocida en su época en Viena y en Praga, que eran verdaderos centros culturales de la época, donde pululaban ingentes cantidades de nombres muy conocidos (literatos, músicos, periodistas, pintores), planeó escribir un libro fundamental, junto a su amiga del campo de Ravensbrück, Margarete Buber-Neumann. Las dos compartieron muchas informaciones y conversaciones en el campo y precisamente querían escribir sobre este paralelismo de los dos totalitarismos asesinos del siglo XX, el soviético y el nazi. Solo Margarete sobrevivió y lo llevó a cabo. Su libro Prisionera de Stalin y Hitler, para mí, ha sido una guía importantísima al escribir mi libro. Después de la guerra, muy pocos estaban dispuestos a ver la ideología comunista como tan mortífera como la nazi; la insultaron y la denigraron de todos los modos posibles… Y con la jovencísima poeta polaca Grażyna Chrostowska, ejecutada a los 21 años junto a su hermana de solo un año más, me emocionó sobre todo que no dejó de escribir donde podía (en pedazos de papel robados o con versos suyos memorizados por sus compañeras del campo para no ser olvidados) hasta el final. Su impresionante poema “La inquietud”, que leyó en Barcelona Enrique Vila-Matas en la presentación de mi libro, fue escrito unas pocas horas antes de ser fusilada.

-Varias de tus heroínas sobrevivieron a este campo de concentración. Pero en lugar de curar sus heridas, no dejaron de denunciar las secuelas del nazismo. Como investigadora, ¿esto te conmovió? 

-En realidad, fue la base de mi investigación. Contar con los testimonios magníficos, muy lúcidos y estremecedores, de varias de ellas. De la maravillosa Trilogía de Charlotte Delbo, de los diversos libros de memorias de Germaine Tillion o Lise London, del libro de Margarete Buber-Neumann titulado simplemente Milena, donde hablaba del campo de Ravensbrück y de su gran amiga desaparecida, de los recuerdos también de Anise Postel-Vinay, otra importante resistente… Sin todo este “apoyo” testimonial, directo, no me hubiera animado a escribir sobre todas ellas. No quería recurrir simplemente a libros de historiadores. Quería “darles voz”. En el proceso de Hamburgo de 1946 contra los jerarcas nazis del campo, Germaine Tillion ya tomó conciencia de lo que ella llamaba “el foso profundo” que se produciría entre lo que realmente pasó (y los testimonios directos de los y las que lo vivieron) y la representación posterior de lo que se llama Historia. Enseguida todas las sobrevivientes se comprometieron con “la fuerza de las palabras”.

Mujeres comunistas deportadas al campo de exterminio de Ravensbrück son recibidas en la sede de la organización comunista "Unión de Mujeres Francesas", el 18 de abril de 1945, en los Campos Elíseos de París. Foto: AFP.

-Nos presentas a mujeres que no dudaron en comprometerse con su tiempo. ¿Sientes que los intelectuales hoy están comprometidos con todo lo que está pasando? 

-Es muy complicado hacer comparaciones. Entonces se trataba de una guerra, muy cruenta, mundial. Pero hay que decir que muy pocos intelectuales tuvieron el valor de comprometerse. Eran deportados inmediatamente por un artículo escrito o torturados por la policía colaboracionista en cualquier comisaría. Aunque siempre me ha obsesionado encontrar estos ejemplos de valor en el mundo de la cultura y cito a varios en mi libro, que sí actuaron con una gran dignidad y valentía, olvidándose de su propia suerte. Ahí estaría el gran poeta Robert Desnos, fallecido en el campo de Terezín, en la República Checa, pero también André Malraux, que estuvo en la guerra civil española y además en la Resistencia, donde luchó con el grado de coronel. Por otro lado, estaba también gente como Jean-Paul Sartre, que jamás dijo nada durante la Ocupación y que siguió representando sus obras de teatro como si no pasara nada.

-Eres una literata importante en el imaginario internacional. Por ejemplo, has sido jurado en un certamen que reconoció a Anne Carson en el Premio Literario Internacional Zbigniew Herbert en 2025. Carson acaba de ganar el Nobel de Literatura. En este sentido, ¿por qué es importante, hoy en día, leer a una escritora como Carson? 

-Creo que Anne Carson no solo es la poeta viva más importante de las letras anglosajonas, sino la más importante poeta viva de todas las lenguas, en nuestros días. Y esto no es una cuestión en absoluto de géneros, porque Carson está a la altura de los más grandes poetas de la actualidad. Lo que siempre me pareció más fascinante de ella, lo que la hace única como poeta y ensayista, es el modo en que ensambla y hace vivo de nuevo el mundo clásico con nuestra contemporaneidad. Su fusión absoluta de vasos comunicantes. En realidad, para Carson solo hay un solo tiempo y una sola época, que es la de la poesía. Y no solo el tiempo es solo uno creado o recreado por ella misma, sino que une también todos los géneros y manifestaciones artísticas: fusiona estilos, referencias sorprendentes, formatos en la página en blanco y es una maestra absoluta, sin competencia, en hacer dialogar a un mismo tiempo con el mundo clásico, el medieval y el contemporáneo. Y todo tipo de disciplinas: la literatura, el pensamiento, la filosofía, el cine, el arte y las vanguardias históricas.

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