Recuerdo mi llegada a Gijón hace veinticinco años. Cerramos la edición de El Comercio a la una de la mañana y alguien dijo que fuéramos a cenar. ¿Cenar?, pregunté yo acostumbrado a los horarios vascos. Sí, a cenar bien, que nos lo merecemos. En Euskadi, ya en aquellos tiempos, te miraban con mala cara si entrabas a un restaurante frisando las diez. Para que no se nos fuera el oremus los días de diario incluso habíamos inventado la 'afari-merienda'. En un asador de Bilbao con nombre de pueblo guipuzcoano eran implacables. «La cocina cierra a las diez, en cuatro minutos», interrumpió una vez la camarera al escuchar que hablábamos por teléfono con un comensal víctima de uno de esos retrasos...
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