Si somos lo que comemos, no hay que extrañarse de que los emperadores romanos hiciesen de sus
banquetes una cuestión de demostración de autoridad y categoría.
Los hábitos alimenticios de los emperadores romanos reflejaban su estatus y poder. En los opulentos banquetes que se prolongaban durante horas, los
emperadores mostraban su riqueza y sofisticación.
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