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as órdenes caballerescas hunden sus raíces en la explosión de belicosa religiosidad que dio lugar a
las Cruzadas. Este exacerbado sentimiento religioso se manifestaba en las peregrinaciones a lugares santos.
Roma, meta tradicional de los peregrinos,
había sido paulatinamente sustituida desde principios del siglo XI por
Santiago de Compostela y sobre todo
por Jerusalén,
un destino lleno de peligros y obstáculos –salteadores de caminos, fuertes tributos para los señores locales, vejaciones de los musulmanes– que, no obstante,
no disuadían a los fieles, seducidos además por la esperanza de hallar en Oriente un sinfín de aventuras y riquezas.
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