Si me hubieran dicho hace unos años que dejaría de ir al cine, probablemente no lo habría creído. Ir al cine era mi plan favorito de fin de semana: disfrutar de la pantalla gigante, la calidad de sonido envolvente y esa atmósfera de desconexión. Pero todo cambió el día que decidí invertir en un
televisor OLED de 77 pulgadas. No fue una compra impulsiva, llevaba tiempo pensándolo, investigando, comparando tecnologías... y al final, me lancé. Y, sinceramente, desde entonces, el cine ya no tiene sentido.
Seguir leyendo...