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Ketamina, ¿por qué ya no queremos volar sino desaparecer?

Cada tiempo cultural y social tiene sus drogas. Por supuesto que muchas de ellas han estado allí desde siempre o desde mucho antes de imponerse en determinadas épocas, pero salen a la superficie cuando la realidad es propicia. La marihuana y el cannabis definieron la primera mitad del siglo XX y compartieron protagonismo en la contracultura de los 70 con el LSD. Sus efectos moldearon la ética y las aspiraciones de una generación. Después llegaron la cocaína (conocida desde hacía mucho tiempo) y el éxtasis, en sus diversas formas, que definieron a su vez sendas épocas de música y estereotipos sociales en los 80 y 90. El siglo XXI, con sus particularidades cibernéticas, trae su sustancia fetiche: la ketamina, con sus efectos disociativos, entró de lleno en el «underground» de las «raves», pero no solo eso. Su uso ya está siendo prescrito en un medicamento contra la depresión (¿hay algún signo mayor de esta era que la depresión?) que llega comercializado en coquetos inhaladores de bolsillo. ¿Qué dice esto de nosotros y de nuestro tiempo? ¿Tiene alma este compuesto químico? En el libro «Químicas Piedades» (Cielo Santo), la investigadora y programadora cultural Marta Echaves combina historia, fábula y mística para comprender mejor por qué ya no queremos volar sino desaparecer, al menos un rato, de este mundo.

Vivimos los tiempos del llamado «renacimiento psicodélico» que llega en direcciones opuestas. De un lado, las gigantescas corporaciones farmacéuticas han comenzado a desarrollar terapias basadas en psicodélicos para tratar la depresión o la esquizofrenia, impulsadas por compañías «biotech» desde Silicon Valley. En 2019, la FDA aprobó el uso de la ketamina como tratamiento de la depresión persistente con un medicamento bajo la marca Spravato. Con el regreso de Donald Trump en 2025, su prescripción se amplió al tratamiento de la depresión mayor. Sin embargo, la respuesta psicodélica funciona también desde la dirección opuesta: de un lado, gurús del bienestar y practicantes de la microdosis o la ayahuasca confían en la psilocibina o el ácido lisérgico para enfocarse mejor. Libros como el de Michael Pollan («Cómo cambiar tu mente», Debate) o Andy Mitchell («10 viajes», Deusto), plasman el interés por los estados alterados de conciencia sin estigmas. Incluso en la mitad de los capítulos de la serie «The Pitt» alguien pide una inyección de ketamina para un paciente por su efectividad sedante. Por supuesto, las clásicas prácticas de la fiesta pagana no han decaído y se entregan a la liberación química en el auge del fenómeno «rave»: drogas de diseño y beats que retumban en el pecho. Este renacimiento tiene su armazón teórico, como el ya insigne Mark Fisher, que contrapone a la victoria incontestable del «realismo capitalista» apenas una grieta de escape que denomina «comunismo ácido», inspirado en las zonas temporalmente autónomas de Hakim Bey, que confía en una relectura de la contracultura: ¿tienen los estados de disociación el poder de «hackear» un capitalismo que ambiciona nuestra atención y nuestras ideas?

En su ensayo, Echaves traza una interesantísima historia desde la posguerra nuclear y la carrera por los psicofármacos. «La mayor parte del arsenal terapéutico que los psiquiatras nos recetan hoy en día se descubrió en una tensa atmósfera de operaciones secretas y sumisión química», recuerda la ensayista. Compuestos sintéticos que buscaban el control mental de la población a través de todos esos proyectos secretos como el MK-Ultra, el Proyecto Bluebird y tantos otros, que desembocaron en infinidad de fórmulas no letales pero incapacitantes, proveedoras de estados alterados de conciencia que había que experimentar... con humanos, claro. En ese contexto apareció un analgésico, la fenciclidina, conocido como PCP y que llegó a las calles como «Polvo de Ángel». Sus efectos, cercanos a la catalepsia, no le dieron muy buena fama, especialmente cuando se comprobó que podía producir lo contrario: psicosis y violencia, canibalismo y autolesiones le otorgaron fama a la «droga del diablo». Pero la industria farmacéutica perseveró para controlar el PCP y así nació la ketamina. Que, no por casualidad, debutó en la guerra más psicotrópica de la historia: Vietnam.

De la cobaya al Spravato

Los primeros ensayos de la ketamina se llevaron a cabo en presos en 1964. Por supuesto, primero en individuos racializados. Su efecto analgésico provocaba un estado de letargo y sueños salidos de una película de ciencia ficción. Alucinaciones de una textura líquida, geometrías celestes, ingravidez. «La ketamina es un xenobiótico, una sustancia química extraña a nuestro metabolismo biológico y ajena a los organismos de un ecosistema (...). Sus paisajes no son selvas tropicales ni evocan atmósferas orientalizantes; la ‘‘vitamina K’’ es la llave de entrada a la hiperrealidad prometida por la temprana cibernética», escribe Echaves sobre unos efectos que no pertenecen al reino natural y que por eso encajan en el «zeitgeist» posmoderno. ¿Y qué provoca la ketamina? Un estado de anestesia que puede generar picos de psicodelia, pero, especialmente, disociación, es decir, desaparecer del cuerpo propio y del mundo. Una sustancia cuyos efectos tienen una duración limitada y controlada, cualidades muy apreciadas en este este tiempo.

El libro, estupendamente editado, se articula como si se tratase de las distintas salas de una exposición (de hecho, su maquetación recuerda a los catálogos de arte) en las que nos adentramos como en una sucesión de canciones de un disco conceptual. Cada uno de sus capítulos tiene un tono y hasta un estilo de escritura distinto. Echaves se coloca en la efímera posición de un ratón de laboratorio y dentro la fragilidad de un paciente de Spravato. Bucea en la «deep web», donde Silk Road ofrece multitud de compuestos para consumo como si se tratase de Shein y dialoga con McKenzie Ward. Nos cuenta, por ejemplo, la fabulosa historia de Marcia Moore, que, en los años 80, utilizaba el anestésico como el suero de aniquilación de yo, como la puerta de entrada al «samadhi» dentro de una comunidad «hippy y freak» como las de la contracultura original. Echaves denomina «phamako-místika» a estos rituales de autointoxicación de Marcia y su grupo de «psicoastronautas»: para ella, la K activaba el cuarto chakra, en contraposición con el LSD, de efectos puramente «mentales». «Sus terapias con ketamina, sobre todo después de su trágica y sensacionalista desaparición, se leyeron como las excentricidades de una mujer adinerada con delirios de clarividencia, abducida por ideologías esotéricas y orientalistas, cuya adicción a esta droga le hizo perder el contacto con la realidad», explica la escritora, que recuerda cómo las teorías hippies y «new age» de finales del siglo pasado fueron estigmatizadas con gran esfuerzo para imponer un individualismo mucho más beneficioso socialmente.

Como dijo McKenzie Wark: «La K es una droga disociativa. El yo y el mundo desaparecen, y con ello la fricción entre ambos, fundiéndose en el mix de los brillos sónicos. El único concepto de disociación que conocen los policías del cerebro implica que desconectarse de este mundo debe ser algo malo. Pero este mundo está roto. Mucho más que nuestras psiques quemadas». Por supuesto, este recorrido no estaría completo sin las clínicas «chic» que en la Costa Oeste de EE UU: en una década se han abierto más de 12.000 centros que ofrecen estos servicios. Elegancia «luxury», jardines y arquitectura nórdica. Tratamientos en grupo. Una dosis para una sensación «mullida y galáctica». Se abre un enorme vacío dentro. Hasta desaparecer.

La conquista española y el "droog"

En un interesante capítulo, Echaves se remonta a la historia de la colonización española y la farmacopea del Nuevo Mundo. La autora contrapone el tipo de conocimiento de españoles y portugueses, que adoptaban una filosofía de «bioprospectores», de conocedores de un saber mestizo que se implican para comprender los rituales y los usos tradicionales con la visión anglosajona que les tacha de «salvajes» e implicados en lo «irracional y diabólico». Enfrente, los protestantes buscaban el saber «científico» y se obsesionaban con la búsqueda del compuesto. Como recuerda la autora, la palabra «droga» aparece en el siglo XIV del holandés «droog» (que significa «seco») y se refiere a las mercancías vegetales deshidratadas, perfectas para ser empaquetadas y comercializadas, dibujando la frontera entre lo mágico y lo medicinal. Frente a la autointoxicación ritual, «el droog se pone al servicio de las tecnologías de control social». «Con el ascenso de Hitler al poder, una entusiasta farmacéutica Merck brindará su apoyo al régimen nazi, distribuyendo mescalina sintética de su propiedad como arma química en los campos de concentración de Dachau», recuerda Echaves como imagen final poderosa: los botones secos de peyote habían sido arrancados de su hábitat como un fantasma sobre el hombre blanco.

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