Castella: de la gloria de «Cantaor» a la frustración
Castella salió corriendo detrás de las mulillas para besar al toro. La escena contenía toda la verdad de la tarde. No hacía falta explicar nada más. Ahí estaba resumido el milagro: el reconocimiento del torero al animal de Victoriano del Río que le había permitido rozar la gloria. Porque «Cantaor» fue un toro bravo, encastado, repetidor, de esos que aparecen muy pocas veces y que convierten Las Ventas en un lugar distinto donde habitar la tauromaquia para disfrutarla. Y en la Monumental. Bendiciones. O no, según se mire. Sebastián Castella lo vio enseguida. Lo entendió de menos a más en una faena que acabó contagiando a toda la plaza. La plaza de Madrid, que cuando ruge parece un león capaz de arañarte el corazón y tardar días en devolvértelo, y cayó rendida ante la emoción de aquella embestida. José Chacón ya había encendido los primeros olés con dos grandes pares de banderillas y el toro había enseñado durante la brega un fondo extraordinario. Cómo se descolgaba en el capote. Qué manera de perseguir los vuelos. Qué forma de moverse por la plaza, siempre metido abajo, siempre queriendo más. «Cantaor» ya venía avisando que no era un toro cualquiera. Castella se fue a los medios y comenzó con pases cambiados por la espalda y alguna arrucina que levantó clamores. Aquello era fuego vivo. Pero después llegaba la hora del toreo. Por la diestra ligó Castella dentro de sus cánones. Gustaba en Madrid y al natural, por donde el toro era pletórico, fue por donde la faena alcanzó otra dimensión. Y Madrid se rindió. Con el hocico del toro cosido a la arena, los naturales surgieron lentos, hondos, interminables. Castella toreaba abandonado, dejándose llevar por la embestida de «Cantaor», y el toro respondía con una bravura emocionante, persiguiendo el engaño hasta el final. Hubo una tanda a pies juntos, gobernando la distancia, que pareció detener el tiempo. Y un natural, quizá uno solo, que valió por toda una tarde de toros.
Las bernadinas cerraron la obra entre el clamor de la plaza, aunque acaso fueron los cambios de mano —toreadísimos, llenos de verdad y de belleza— los que dejaron la huella más profunda. La espada, sin embargo, se cruzó en el umbral de la Puerta Grande y todo quedó suspendido en una sensación amarga. Como si a Madrid le hubieran arrebatado algo suyo.
La vuelta al ruedo para «Cantaor» tuvo aroma de justicia. La de Castella también. Había tenido el triunfo en la mano. Discreto había pasado con el deslucido primero.
Emilio de Justo rascó cada resquicio de arrancada que tenía «Duplicado». Había soltado la cara en el comienzo de faena, con mucha indefinición por el izquierdo. De ahí que la faena comenzara y se alargara por el derecho. Le cogió el aire perfecto. Por abajo y con poder sacaba la parte positiva del toro, que era pronto y humillaba, y en su repetición le llevaba cosido al engaño siempre Emilio, sin dejarlo pensar, anticipándose al animal y rebozándose en los pases de pecho. Se le vio rápido y por dentro por el zurdo. Y aguantó el tirón porque Emilio estaba concienciado y por encima de las circunstancias. Las manoletinas eran la clausura de faena. Ajustadas algunas. Convencidas todas. Una pena que la espada no entrara, porque el corazón lo había metido de lleno. Poco pudo hacer con el deslucido quinto.
Ya en el primer muletazo el toro salió huyendo hacia toriles, pero sin propósito claro. Esa huida hacia ninguna parte fue lo que condicionó la faena de Tomás Rufo. El toro no se empleó en la muleta y la faena del toledano resultó demasiado periférica para que tuviera consistencia. Se alargó, pero poco en claro.
Notable fue el sexto. Quiso Rufo sin acabar de definirse y con el ambiente en contra. Urge un paso al frente.
Ficha del festejo
LAS VENTAS. Décimo tercera de San Isidro. Lleno de «No hay billetes». Toros de Victoriano del Río. El 1º, flojo; 2º, reservón pero agradecido; 3º, rajadete y sin entrega; 4º, extraordinario y premiado con la vuelta al ruedo; 5º, sin fuerza; 6º, noble.
Sebastián Castella, de azul añil y oro, corta perpendicular (silencio); media arriba, ocho descabellos, dos avisos (vuelta al ruedo).
Emilio de Justo, de grana y oro, pinchazo, estocada trasera (saludos); cuatro pinchazos, dos avisos, cinco descabellos (silencio)
Tomás Rufo, de azul azafata y oro, estocada baja y trasera (silencio); media, pinchazo, estocada, aviso (silencio).