Como producto de un efecto divino, la derrota del Rayo Vallecano en la final de la Conference League provocó un cambio casi instantáneo en la temperatura de Leipzig. Se pasó del calor extremo que había asolado la ciudad en los días previos a un viento frío que empezó a recorrer la zona mixta, en los bajos del estadio, mientras los jugadores iban subiendo al autobús que debía devolverlos a su hotel. Iban saliendo con cuentagotas, sin demasiadas ganas de hablar y recurriendo a los tópicos. La lástima por la ocasión perdida, la pena por no haber podido corresponder a una afición absolutamente volcada. Había ganas de volver a casa, nada más. La noche se eternizaba mientras se esperaba a los rezagados, y por la trasera de un panel de publicidad alguien parecía la sacar las cajas, aún precintadas, con las camisetas que se hubiesen puesto los jugadores en caso de ganar. En el otro extremo del parking, por donde salían los jugadores del Crystal Palace, la alegría se desbordaba. Entre los más animados, un Yeremy Pino envuelto en la bandera canaria y con un enorme altavoz escupiendo hip hop q todo volumen. Antes que los jugadores se marchó del estadio el presidente rayista, Raúl Martín Presa, que apuraba restos de la cena mientras se subía a una furgoneta con parte de su directiva. Fue una noche fue larga en Leipzig, sobre todo para los alborotados hinchas ingleses, pero sin incidentes de consideración. Muchos aficionados, también entre los españoles, no habían reservado ni hotel, a la espera de tomar uno de los primeros autobuses o trenes hacia el aeropuerto. Así, el hall principal de la Leipzig Hauptbahnhof, la estación central, parecía un campo de batalla, con decenas de cuerpos diseminados, acurrucados en el suelo, tapados con cazadoras y tratando de conciliar el sueño. El cansancio se hizo notar en el avión que trajo de vuelta a Madrid. Nada que ver con el buen ambiente y las sonrisas de la ida. Se había dormido poco y los jugadores, aún cabizbajos, apuran los minutos antes de embarcar con sus familias. A todos, excepto al mundialista Pathé Ciss, les aguardan ya las vacaciones. Se marchan con incertidumbre. Hay dudas con lo que pueda ocurrir a partir de ahora en el Rayo. De si esta final, aunque perdida, servirá de punto de inflexión. De si abrirá la llegada a una nueva época o, si por el contrario, el cuadro franjirrojo volverá a sus quehaceres habituales. Se teme que todo lo ocurrido este año en la Conference League quede como un bonito sueño de primavera que se contará como gesta a las generaciones posteriores. De momento, el Rayo se ha quedado a las puertas de repetir clasificación europea en La Liga, y por lo tanto experiencia. Al menos el próximo año, los jueves volverán a ser un día más en Vallecas. Falta también saber qué ocurrirá con Íñigo Pérez , una de las figuras fundamentales para entender lo que ha sucedido en el club en los últimos dos años. El técnico navarro, que tras la final se negó por pudor hablar de su futuro, apunta a ser la principal baja de este EuroRayo, una vez confirmado también el adiós del argentino Oscar Trejo, faro moral del vestuario. A Pérez se le relaciona con el Villarreal, club que la próxima temporada disputará la Champions. Pocos dudan de que será él el sucesor de Marcelino en el submarino amarillo. Ya antes de la final el grueso de la plantilla expresaba su temor por el enorme boquete que parecía cernirse sobre la nave madrileña. Tras la derrota, fue el mismo capitán, Oscar Valentín, quien se refirió a ese asunto: «Tome la decisión que tome se lo ha ganado y será respetada. Él también ha hecho historia, ha marcado una época en los dos años y medio que lleva como entrenador. Está claro que lo echaremos de menos, a él como persona y el día a día como técnico». Los cinco años seguidos en Primera que se han cumplido esta temporada igualan la mejor racha histórica del club, un dato que invita al optimismo, pero que no garantiza nada. También se recibe con alegría el pellizco económico por la participación europea, cerca de 18 millones de euros que darán un impulso a las arcas del club. Pero ninguna de esas buenas noticias parece aval suficiente para anticipar lo que sucederá el año que viene y en temporadas posteriores. Para asegurar que, alguna vez en los próximos cien años, el Rayo podrá repetir una final europea como la vivida en Leipzig.