Consejos de Epicuro para envejecer en una época edadista
Hay muchas noticias acerca del envejecimiento de nuestra población en el mundo occidental, y es cierto que cada vez vivimos más años y en general de una manera más saludable, por lo menos en el plano físico. Pero muchas de nuestras dolencias según cumplimos años se centran más bien en el plano mental, lo que los antiguos dirían espiritual: entre esos males se encuentra la soledad y el dolor en el alma, la sensación de inutilidad y vacío, de haber perdido el sentido de la misión que nos ha movido durante los años anteriores. Este es uno de los problemas que más claramente afectan a las personas mayores. Pero la filosofía antigua tiene especial cuidado e interés en estas para hacerles ver que no han perdido ni un ápice de su valor: antes al contrario, que tienen mucho que aportar y que disfrutar, hasta el último momento de la vida.
Para empezar, una frase de Epicuro: «No hay que considerar dichoso al joven, sino al anciano que ha vivido correctamente. Pues el joven, en su florecer a causa de la fortuna se extravía al perder la cabeza. Pero el anciano, como en un puerto, ha anclado en la vejez aquellos bienes de los que no tenía esperanza al principio, atesorándolos con una alegría segura.» Y es que en el momento final de la vida, incluso cuando la enfermedad y la soledad hacen su aparición, o incluso la incapacidad física o mental, es importante cobrar conciencia de que hay un sentido.
La escena final de la obra de teatro de la vida humana (comedia más tragedia, que el sabio ha de entender) tiene pleno sentido. La metáfora teatral al hablar de la vida es muy antigua, como estudió E.R. Curtius en su fantástico libro «Literatura latina y edad media europea». Y es verdad que en la literatura escrita por los romanos hay diversas metáforas que condensan lo clásico y anuncian lo posterior de una manera muy brillante. En concreto, en el «De Senectute» de Cicerón, una de las obras emblemáticas para entender la vejez de una forma creativa y filosófica, se contiene esa idea de que no debemos descuidar la última escena de la función teatral de nuestra vida, acaso por creer erróneamente que ya todo ha pasado y que ya no somos héroes, creadores o de acción. Muy al contrario, el héroe crepuscular, en la narrativa mítica, es un elemento fundamental: el antiguo guerrero es ahora maestro y consejero de guerreros, como el Néstor de Homero: «Ciertamente, anciano, en la asamblea superas a todos los hijos de los aqueos».
Igualmente ocurre en la filosofía estoica, en el famoso «Manual de vida» de Epicteto o en las muy citadas «Meditaciones» de Marco Aurelio. En ambas obras emblemáticas del estoicismo romano –pese a estar escritas en griego, en ese imperio fastuoso y bilingüe del que somos herederos todos–, a cargo de un esclavo y un emperador, se recoge la idea de que tenemos un papel asignado también al final de la obra de teatro de la vida y que debemos representarlo con virtud y solvencia hasta el último de nuestros días. No hay que descuidar, pues, nuestra dignidad en la edad madura, quizá no ya como protagonistas heroicos, pero sí como inspiradores, mentores y modelos para los más jóvenes, como nos dicen los estoicos.
La extensión de la plenitud humana
Pero interesa especialmente destacar lo que dicen los epicúreos sobre la vejez. Es conocido que el fundador de la escuela llamada el «Jardín», Epicuro de Samos, llegó también a una edad avanzada para la época (71 años). Por cierto, es de notar lo longevos que eran los filósofos y literatos griegos: Gorgias rebasó los 100, Solón, Sófocles, Demócrito («el filósofo que ríe») o Isócrates los 95, Tales y Platón los 80, Epicuro y Sócrates los 70 (aunque bien es cierto que este podría haber vivido más). Algo tiene la filosofía… Pero, además, Epicuro padeció terribles dolores por una enfermedad crónica que tenía que ver con el aparato digestivo. Aun así Cicerón refiere que, incluso en su agonía, se preciaba de poder ser feliz («beatus»). La búsqueda de la plenitud humana, lo que los griegos llamaban la «eudaimonía» o el «eu zen» (vivir bien) se extendía incluso a la vejez, el dolor y la calamidad.
Uno de los epígonos más estupendos de Epicuro, Diógenes de Enoanda, también llegó a una vejez enfermiza: pero en vez de lamentarse y gastar todo su dinero en médicos, se dedicó a inspirar a otros muchos. Usó su fortuna para edificar una gran inscripción de modo que todos los viandantes pudieran inspirarse con sus máximas. Dice: «En el ocaso de la vida, en mi vejez, casi cuando se va a producir la disolución de la existencia, he querido hacer un hermoso canto acerca de la plenitud de los placeres, con la finalidad de no retrasarme en ayudar a las personas sensatas.» Dice que la mayoría de la gente anda «enferma» de una «epidemia» de «falsas opiniones»: hay que despertar a la felicidad y saber que podemos salvarnos a través de la filosofía como placer excelso y verdadero: «Dormitar suavemente: esta es la retribución de los ancianos. Pero al menos yo digo: aunque el cuerpo haya envejecido, la inteligencia de la persona aún está firme». Los placeres juveniles se disuelven, pero llega el auténtico placer: el sumo conocimiento, que se perfeccionará a la muerte. Recordamos al fin otra sentencia de Epicuro: «Eres por naturaleza mortal y dispones de un tiempo limitado, ascendiste gracias a las reflexiones sobre la naturaleza a lo infinito y eterno y contemplaste lo que es lo que será y lo que fue» (SV 10).