«Los androides pueden perrear pero su perreo no es válido, porque no sudan». Con esta frase, la escritora y periodista Marta Fernández resume la tesis central de su nuevo ensayo, ' Bad Bunny ganó a las máquinas ' (Debate), en el que la megaestrella boricua se convierte en símbolo de todo lo que la inteligencia artificial tan solo puede remedar. La creatividad, la intensidad, el acierto construido sobre los errores y la capacidad de renovar lo ya existente a través de la fusión con lo nuevo, se enfrenta en estas páginas a la adormilante eficiencia cibernética. Para todos los que saben de su devoción por Thomas Pynchon , puede llamar la atención que el primer libro que dedica la escritora de manera íntegra a un artista haya sido precisamente Benito Antonio Martínez Ocasio , nombre real del puertorriqueño. O quizá no lo sea tanto: «Bad Bunny le dijo en un concierto a su público: 'Este concierto lo hacen ustedes'. Y los libros de Pynchon, como sucede con los de los mejores escritores, también requieren de la participación de sus lectores. A las máquinas les da igual que el lector participe o no participe. No necesitan de nuestra aprobación, y mucho menos necesitan que nosotros completemos ese proceso». Porque esa es otra constante de este libro, que sostiene que Bad Bunny no existiría sin la absorción y el mestizaje que le hace fundirse con los que le precedieron en la música de su isla, pero también lo entronca con numerosos referentes sacrosantos de la cultura anglosajona. Toda una declaración de principios en tiempos del ICE y la persecución al inmigrante: «Es que creo que estamos ante un momento de cambio de paradigma, en el que el español habla de tú a tú con la cultura anglosajona . Y eso es algo que también he visto en Nueva York en los últimos años, y que también entendió Apple cuando le encargó la memorable actuación en la Super Bowl . Creo que hay una reivindicación muy poderosa en que Bad Bunny hable de tú a tú con Joyce, o con Eliot, o con cualquier referente de la cultura anglosajona». Por cierto, las cartas subidas de tono de James Joyce a Nora Barnacle hacen que el borinqueño parezca a su lado un mojigato. Y luego está, claro, Horacio. Para la autora, cuando en 'Yo perreo sola' Bad Bunny canta: «vamos a perrear, que la vida es corta», no hace más que darle nueva vida al autor latino y su «carpe diem, quam minimum credula postero» (disfruta del día, y confía lo menos posible en el mañana). Algo imposible para las máquinas, que no disfrutan, no se pavonean, no se entristecen y no se equivocan… o eso nos hacen creer, porque Kasparov perdió ante Deep Blue porque confundió un error del programa con una presunta genialidad que no llegaba a adivinar. Y es que, para esta apasionada de los impostores que protagonizaban su anterior libro, 'La mentira', la IA se ha convertido en la gran impostora: « La IA nunca duda . Tiene un mandato, que es dar siempre una respuesta. Y le da igual que la respuesta sea verdadera, falsa o todo lo contrario. Lo más llamativo de todo es que nosotros nos hemos convencido de que, como la respuesta la da una entidad superior, que es la tecnología, solo puede ser verdadera». Son solo algunos de los temas que toca en este libro porque, como estamos viendo estos días, Bad Bunny se ha convertido en una especie de rompeolas contra el que chocan todos los temas candentes del momento. ¿Por qué no deja a nadie indiferente? «Creo que provoca esos sentimientos encontrados porque es el número uno, porque mucha gente no entiende que lo sea haciendo lo que hace, igual que en su día existía el prejuicio contra esos cuatro melenudos que eran los Beatles o ese señor que sacaba la lengua y era Mick Jagger. Pero igual que muchos tuvimos que defender el 'Carrie' de Stephen King en nuestra juventud, pasarán los años y esos que levantan la ceja dirán que qué bueno es Bad Bunny , y que estuvieron en el concierto en Madrid. Y no, cariño, lo mismo no estuviste y los que le escuchábamos éramos nosotros».