Crítica de "Un hombre de verdad": vestirse por los pies ★★★
Un matrimonio de los de toda la vida. De toda la, a veces, no tan compartida vida, aunque ambos se crean felices, ella, un poco menos, pendiente del marido cada uno de los días, una existencia volcada en cubrir cualquier necesidad aunque el otro apenas le de a nada importancia: en preparar la ropa limpia que se pondrá tras la ducha, en preguntarle de noche qué quiere cenar, en aguantar noches de sexo sin sexo, aunque al tipo, cerca del cumpleaños de su pareja, no se le ocurra mejor regalo que una coctelera. Una coctelera para alguien que no bebe.
Y, tras la muerte de la esposa, Guillermo, ex neurocirujano, jubilado de polvos urgentes y egoístas, se da cuenta de pronto que no sabe estar solo, ni poner una lavadora, ni siquiera cómo carajo se tira la basura. Fruto de una educación machista, al igual que tantos entonces y hoy un poco menos, y alejado desde hace años de la única hija que tuvo la pareja (y que también está pasando lo suyo), Guillermo se cierra en banda, e incluso intenta buscar a una amante mientras parece que solo las mujeres tienen, al cabo, la clave para que no termine cortándose las venas. Un filme sencillo (a veces, demasiado), con sentido del humor, apenas sin dobleces, de final predecible y a vueltas con el concepto de nueva masculinidad, tan alejado de aquellos «hombres verdaderos» que, decían, debían vestirse por los pies aunque los pantalones siempre los planchasen sus calladas señoras.
Lo mejor: Su buen reparto, que encabeza un Carlos Olalla entregado y muy convincente
Lo peor: Propone temas interesantes y actuales, pero debería haber profundizado más en ellos