¿Qué imagen se lleva León XIV de España tras una semana frenética?
Más allá del tormentoso final, con juego de aviones incluido, lo cierto es que la visita apostólica del Papa León XIV a España que acaba de concluir ha generado una gran cantidad de reflexiones e interrogantes. Llegó el momento de releer con calma y en frío las numerosas intervenciones del Pontífice y, con ellas. trazar una imagen sobre lo que piensa Robert Prevost de España. Un país en el que parece haber estado una cincuentena de veces –muchas de ellas surcando en coche la geografía de las presencias agustinas– antes de llegar como Papa.
Tras recorrer más de 2.500 kilómetros que llevan de Madrid a Tenerife, pasando por Barcelona y Gran Canaria, León XIV ha confirmado algunas sospechas y afianzado otras convicciones. Alzando la mirada más allá de la letra de sus intervenciones, la principal impresión política y social que el estadounidense ha transmitido en sus discursos es la de un país fuertemente polarizado, pero con una gran necesidad de entendimiento. Aunque la tensión política ha bajado su intensidad esta semana, pronto volverá a ser un hervidero entre cloacas.
El Papa, que llamó insistentemente a la unidad y la comunión desde su misa de inicio de ministerio petrino, sigue predicando el diálogo, aunque sea en el desierto. Han sido varios los que han planteado que el Papa detectó rápidamente la polarización española. En sus intervenciones se sorprendió por los «muros» levantados entre ciudadanos y la dinámica del «y tú más», pidiendo a la clase política y a la sociedad que dejen de enfrentarse y apuesten por la «cultura del encuentro» para buscar soluciones al bien común.
Con razón su lema pontificio es «In Illo uno unum», una invitación a ser uno en el que es unidad perfecta, Jesús.
Durante su breve paso por Cataluña, hizo un claro llamamiento a ser «testigos y profetas de unidad» en una sociedad que percibe cada vez más fragmentada e individualista.
Es algo que debe leerse en el sentido más amplio posible y no en clave regionalista. Subrayó la importancia de que España (y Cataluña) sea un «espacio acogedor para todos» donde se defienda la pluralidad de ideas y sensibilidades.
De hecho, conociendo in situ las sensibilidades catalanas, reforzó su llamamiento.
El Papa, además, se ha llevado una imagen clara de las «cruces» y retos actuales de la sociedad española, gracias a los testimonios que ha escuchado. En Canarias, se mostró profundamente impresionado por la situación en las islas. Agradeció explícitamente a los canarios (especialmente en el muelle de Arguineguín y al centro de Las Raíces) su labor de acogida, recordando que «todos quieren ser acogidos».
En sus encuentros multitudinarios, especialmente con los jóvenes en la Plaza de Lima de Madrid y en el estadio olímpico de Barcelona, el Papa conectó fuertemente al exigir que el sistema sanitario incluya la salud mental entre sus máximas prioridades. Asimismo, alertó sobre el riesgo de que la soledad y el abandono de las personas mayores se normalice en el país.
Al final de la misa en Tenerife, su último acto, el Papa se mostró «muy contento» de la visita. Se lleva, además, la impresión de un país con una enorme capacidad de movilización, tras reunir a más de 2,5 millones de personas en los 21 actos oficiales (incluyendo el millón y medio de fieles en la procesión del Corpus en Madrid y la multitudinaria misa de Tenerife, donde aseguró que ciertamente «España era católica»), según ha publicado en un primer balance la organización. Sin duda se han desbordado muchas previsiones.
Su encargo final a la sociedad e Iglesia españolas ha sido claro: transformar todo lo vivido estos días «en virtud, compromiso y trabajo». Esto implica la misión de «ser humanos» que le dio a los jóvenes en Madrid.
Por eso, León XIV ha querido acercarse a los excluidos y a los alejados de Iglesia, ya sea por pensamiento o por las heridas que esta les ha dejado.
Además, ha ratificado su papel de líder pacificador. En España, de múltiples maneras ha querido seguir siendo el Papa de la «paz desarmada y desarmante». Más allá de las ovaciones recibidas, su serenidad, su recién descubierta espontaneidad en ocasiones… queda en primer plano su capacidad para poner la paz y la dignidad humana en el centro del debate, desafiando los discursos puramente identitarios. Aunque lo tenga que decir en catalán, wolof o en francés.