León XIV: adiós a la coraza de un pastor con olor a oveja
Bebés en volandas para ser bendecidos por León XIV. Esa es una de las imágenes que deja el primer viaje del Papa agustino a España. Los responsables de la organización de esta peregrinación apostólica calculan que solo en las primeras 24 horas en Barcelona pasaron cien por sus manos. Unas bendiciones que Robert Prevost parecía realizar con soltura, con experiencia sobrada. Quienes han seguido de manera detallada sus pasos a lo largo del primer año de pontificado, comentan que estos y otros tantos ademanes que se han visto en esta semana y que hablan de cercanía y naturalidad no eran ni mucho menos habituales en él.
Hay quien considera que los siete días que León XIV ha pasado en nuestro país han supuesto una evolución exprés en la esfera relacional del Papa con sus interlocutores. Lo cierto es que la espontaneidad a raudales de Francisco, que era capaz de dejar a un lado los discursos preparados para improvisar toda una intervención y que entraba al trapo con cualquiera que le daba juego para iniciar una broma, dio paso a un León XIV con una timidez y discreción que se visibilizó desde que puso un pie en la logia de la basílica de San Pedro tras la fumata blanca. Se veía a un hombre emocionado, pero quizá su impronta como canonista y matemático hizo que, por primera vez un Papa en la historia reciente de la Iglesia, llevara escrito esta alocución.
A partir de ahí, mantuvo esta máxima de ser fiel al texto escrito sin incluir morcilla alguna, a lo que sumó una moderación en sus declaraciones públicas, concediendo una única entrevista en estos trece meses frente a la profusa presencia de Jorge Mario Begoglio a través de este género comunicativo. Más allá de algunos canutazos los martes –término periodístico para referirse a las ruedas de prensa improvisadas– a las puertas de su residencia en Castel Gandolfo y el encuentro con los periodistas a la vuelta de sus viajes papales, toda comunicación se ha circunscrito a lo institucional. En paralelo, ni en los actos multitudinarios celebrados en este tiempo en Roma, como el jubileo de los jóvenes el pasado verano, ni en las audiencias generales de los miércoles se había viralizado gesto alguno fuera del guion.
Todos estos elementos se tradujeron hasta ahora en un Papa silenciado mediáticamente, institucional en las formas, incluso en su vestimenta, mientras en el fondo ha ido ratificando y redoblando las reformas impulsadas por su predecesor.
León XIV permaneció en un segundo plano, desaparecido prácticamente para la opinión pública y publicada, hasta que el 13 de abril, precisamente en el avión que le llevaba a Argelia para iniciar su primera gira africana, respondió a un ataque lanzado contra él por Donald Trump, donde, entre otras lindezas, le acusaba falsamente de respaldar que Irán tuviera armas nucleares. «No tengo miedo a Trump. Seguiré hablando contra la guerra». La contundente serenidad con la que pronunció esta frase le catapultó de inmediato como autoridad ética global frente al presidente norteamericano. A partir de ahí, las cámaras y los micrófonos comenzaron a resituar al Papa en sus agendas.
Con estas coordenadas por delante, España parece haber supuesto un salto más. El Pontífice del autocontrol ha dejado a un lado su moderación para mostrarse suelto y sin corsé alguno. De hecho, los vaticanistas que siguen cada uno de sus discursos certifican este cambio. El punto de inflexión en ese sentido lo habría marcado ese grito exultante que lanzó en la tarde del lunes 8 de junio en el estadio Santiago Bernabéu: «Don José. La Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre». Ya en la vigilia de la Plaza de Lima elogió y pidió un aplauso para Fernando, un joven recién casado. «El matrimonio también es una vocación ¡No tengáis miedo del matrimonio y de formar una familia!», expresó.
A partir de ahí, se han multiplicado los saludos sin libreto en los balcones de los palacios episcopales de Barcelona, Las Palmas y Tenerife. Y a ellos se sumó la alocución más larga en un templo que ha realizado desde que es Papa en la parroquia de los agustino del Raval, donde destapó su lado más personal a las preguntas de un niño: Renzo. No solo desveló su pasión por el fútbol americano, sino que expuso su sueño compartido con Francisco de una Iglesia de puertas abiertas.
El propio cardenal arzobispo de Madrid y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española, José Cobo, ha reconocido que «el Papa ha crecido en este viaje, tanto para presentarse hacia adentro de la Iglesia como ante el mundo». «Le voy viendo seguro por el eco y la acogida que tienen él y su mensaje, lo que le ayuda a expresar quién es el Papa y por dónde quiere ir con su tono de serenidad».
Además, se le ha podido ver con los ojos enjugados en más de una y dos ocasiones, al escuchar testimonios, lo mismo de las deportistas Carolina Marín y Teresa Perales en el encuentro con la sociedad civil en el Movistar Arena que en los duros relatos de los migrantes que se ha topado en su etapa canaria, o en la confesión del intento de suicidio de una joven en el estadio olímpico de Barcelona. En paralelo, ha conectado de manera informal y directo con los adolescentes en sus recorridos con el Papamóvil, repitiendo el «six seven», un gesto sin más trasfondo que el de manifestar una complicidad mutua con sus interlocutores. El Papa introvertido ha dejado paso en España al pastor con olor a oveja.