Mundial 2026: ese extraño mundo del six-seven
Entonces, cuando Raúl Jiménez metió su gol, él se puso a celebrarlo como si no hubiese mañana. Vale, en la tele se veía el Azteca, comenzaba el Mundial y en el aire estaba esa sensación de tantas promesas por cumplir. Pero, ¿de verdad había que celebrar así un tanto de México a Suráfrica?
–Y tú, ¿desde cuándo eres hincha de México?
–¿Eh? -me contestó, que es una respuesta muy habitual. («¿Vamos a dar una vuelta?: ¿Eh?»; «¿tienes que estudiar?: ¿Eh?»; «¿puedes levantar la cabeza del móvil?: No»).
–¿Que qué tienes tú con México?
–Gol, six-seven.
–Querrás decir en el minuto sixty-seven.
–¿Cómo? Ni idea.
(Va a un colegio bilingüe, sabe cómo se pronuncia número en inglés, aunque me temo que cree que es un hueso que se moja).
–Que el gol de Raúl Jiménez ha sido en el minuto sesenta y siete, no en el...
–¿Quién es ese random?
–¿Eh? –dije yo–. ¿Que quién es qué?
En la televisión, el partido continuaba; el estadio Azteca, que cantó Andrés Calamaro con la voz rasgada, vivía el comienzo de otro verano pegados a la televisión.
Pero él movía los brazos arriba y abajo. Six-seven, six-seven (y si hay un cambio en el minuto 67, se celebra más que un gol; y si nos cruzamos con un coche con matrícula 67, aquello se convierte en una fiesta).
–Pero –desesperado– pregunté: ¿por qué six-seven?
–¿Six-seven? (Y los brazos, de nuevo, ¡ay!, los brazos). Pues porque six-seven, lit.
–¿Eh? Otra vez era yo.
–¿Eh?
–¿Eh, eh? ¡Que no salimos de ahí! –creo que grité.
–Eso es que te has bugueado.
–¿Eh?, ¿cómo? Es que no te entiendo nada –creo que gemí–. Miré la tele, a ver si el narrador hablaba normal. Lo hacía, por Dios, lo hacía. Después le miré a él.
–No pasa nada –y levantó la mirada del móvil hacia mí– Está todo bien, bro.
Lo hizo. Con mis canas, mi vista cansada, ¡mis hernias!, me llamó bro. Te lo juro, por Arturo.