'La trucha' de Baptiste Amann (Aviñon, 1986) parece una comedia, pero depara un drama. Unos padres invitan a sus hijas a comer para celebrar los sesenta y cinco años del 'pater familias'. Escuchamos en el aperitivo la risa amable del vodevil: dos hijas con sus parejas respectivas acarrean la parafernalia de sus bebés; la tercera hija no está: se ha ido a correr mundo. El autor siembra algunas minas: la pareja de la una acaba de perder el trabajo; el de la otra, pinta de hippy, no cae bien a la madre. El patrón de la comedia empieza a cuartearse: una de las hijas trae una trucha; no va a comer el fricandó de su madre, tradicional protagonista de las fiestas familiares. La trucha, simbólico icono de una generación que ya no quiere compartir la carne con sus mayores, remonta el río de la conversación hasta los procelosos manantiales del desacuerdo. De nada sirve el karaoke. El segundo plato anuncia el sabor acre del drama que culminará en los postres. Conflicto intergeneracional. Los hijos que critican el mundo que diseñaron sus padres. Tal conclusión sería previsible si los jóvenes no estuvieran varados en la cultura de la queja; su libro de reclamaciones consiste en exigir un manual de instrucciones a quienes denuncian. Se resisten a transitar una sociedad imperfecta pero real porque se creyeron lo del derecho a la felicidad. ¡Generación de mierda! espeta el padre. La madre está con él. Ferran Utzet conduce con pulso escénico el dramático ágape. Escenografía realista; una iluminación que tamiza los estados de ánimo; imágenes con pinceladas de la IA: la faz de los personajes como etopeya. Emma Vilarasau (seca y mordaz) y Jordi Boixaderas (estoico y conmovedor) son los padres que afrontan los dicterios de sus vástagos: convincentes Miranda Gas, Sara Espígul y Júlia Bonjoch. También Arnau Puig, Marc Bosch y Tai Fati, sus parejas. 'La trucha' remonta el río con digresiones de calado filosófico. Ecos de Nietzsche: romper a martillazos las palabras que nada significan; equiparar la libertad con la soledad. Porque a veces la familia lleva a concluir que mejor solos que mal acompañados. Incluyamos la trucha en el menú teatral.