La eficaz inteligencia del general Calderón
El papel del general Calderón fue siempre un trasunto de discreción y lealtad a la Corona. Hombre sereno y sensato, dotado sobremanera para el análisis y la prospectiva cuyo objetivo personal fue la arquitectura de la Transición y la convergencia de las dos Españas rotas por la Guerra Civil.
No le era ajena la vivencia de su propia experiencia familiar, ya que en 1936 fue su progenitor fusilado por los republicanos que dejaron viuda a su madre con seis hijos menores de edad, y él con cinco años era el menor. Una tragedia familiar que marcó su vida, creciendo en él una conciencia de restablecimiento de la concordia entre aquellas generaciones subordinadas a la discordia que polarizó España hasta la muerte de Francisco Franco.
Tal era el respeto a la «otra España» que yo mismo pude advertir ciertos recelos en sectores norteamericanos sobre su supuesta empatía izquierdista sin el menor fundamento.
Una intriga cuya génesis no se ha dado a conocer desplazaría de la dirección de GODSA a Antonio Cortina, a quien Juan de Arespacochaga rescató para la dirección de las relaciones ciudadanas en la alcaldía de Madrid. Javier Calderón sería el sustituto de Cortina al frente de GODSA hasta 1976 cuando el general Gutiérrez Mellado desde el inicio de su vicepresidencia del gobierno de Adolfo Suárez le encargó la creación del nuevo sistema de Inteligencia en sustitución del SECED heredado del franquismo. Con él acometieron la tarea el núcleo militar que se había forjado en GODSA: el comandante Florentino Ruíz Platero (servicio de contraespionaje), el capitán Juan Ortuño (agregado de la embajada de España en Washington), el comandante José Luis Cortina (jefe de la AOME), el general, hoy en la reserva, Herrera (consejero en la embajada de Rabat), etc. Desde el punto de vista geopolítico en aquellas circunstancias las embajadas de EE UU y Marruecos suponían sendos centros neurálgicos para la seguridad nacional como baluartes fundamentales de la defensa nacional y de la garantía democrática de la nueva España que no sólo debía garantizar su estabilidad, sino crear las condiciones necesarias para la colocación de nuestro país en la OTAN; máxima prioridad norteamericana y de la geopolítica bipolar de la Europa de su tiempo, tal como más tarde razonaría el general belga Robert Close en un libro sobre la materia. España era el bastión de Occidente en un supuesto conflicto con la URSS, tal como se me dio a entender en mi primera visita a la OTAN en 1989.
Estos militares de GODSA serían decisivos en el posterior desmantelamiento de la red de espionaje soviético en España cuando la URSS nombró para la embajada de Madrid a un destacadísimo miembro de la «diplomacia rusa», el embajador Yuri Dubinin, de cuya entidad daría cuenta su posterior encargo como representante de la URSS en la ONU. Quizá para contrarrestar dicho escenario, Washington designaría como embajador en Madrid a un diplomático tan acreditado como Terence Todman, que había servido a las órdenes de Henry Kissinger en la embajada USA en Santiago de Chile justo en la época del golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende, que favoreció el acceso al poder del general chileno Augusto Pinochet.
La «batalla» diplomática no tardaría en cristalizar. Precisamente en aquellas circunstancias un hecho fortuito permitiría al CESID el desmantelamiento del filón del espionaje soviético en España. En cierta ocasión el general Javier Calderón compartía mesa en un restaurante de la Costa Fleming de Madrid con José Luis Cortina (AOME) Y Florentino Ruíz Platero – Floro para los amigos –. La casualidad hizo que la camarera que servía la mesa fuere una exiliada de Polonia que, entre plato y plato, pudo recoger fragmentos de la conversación de los tres militares del CESID. Al término de la comida ella desveló su identidad y compromiso como patriota fuera de su país, y se ofreció a los comensales para colaborar en la operación de desmantelamiento de la red soviética de espionaje constatando la identidad de los sospechosos. La camarera polaca intimó con cada uno de los espías, cuya información e identidad aportó a los responsables del antiguo CESID.
A la sazón uno de ellos facilitaría al editor del Diario de Barcelona los datos y biografía de los «representantes diplomáticos» soviéticos. El periódico publicaría la identidad y foto de cada uno, y en portada el historial biográfico de todos (bastaría con consultar la hemeroteca de la época). Lo cual supuso la expulsión de varios de los miembros de esa red, cuyo objetivo parecía ser dificultar el acceso de España en la OTAN dados los intereses geopolíticos de la URSS. En este procedimiento serían declarados «persona non grata» y consecuentemente expulsados: el general Yuri Yasef, el «diplomático» Yuri Popov, el delegado comercial Yuri Pivovarov, funcionario de la sociedad mixta de pesca «Intramar», Guenadai Sveshnikov y algunos más. Una ardua batalla político-diplomática que, en correspondencia pondría sobre el tapete la identidad del jefe de la CIA en España a través de la portada de un semanario español de notable incidencia en aquellos años «transitorios».
Calderón y su equipo ampliaron el foco de la investigación y pronto detectaron ciertas concomitancias moscovitas de determinados personajes españoles con intereses económicos y diplomáticos en Moscú. Aquella contienda reveló las aquiescencias españolas del famoso agente de influencia el periodista «Viktor Louis» visitante no infrecuente de la embajada de España en Moscú y de vacaciones en España en un crucero mediterráneo en el yate de un destacado empresario madrileño. Sin el entonces comandante Calderón, y sus hombres esta «batalla» más allá de la diplomacia no hubiera sido posible. Adolfo Suárez y el general Gutiérrez Mellado allanaron de esta guisa el acceso de España en la OTAN que consumaría en 1981 Leopoldo Calvo Sotelo y ratificaría Felipe González con el referéndum de 1986, tras una agria campaña bajo el slogan «OTAN, de entrada NO» por parte de la izquierda. Precisamente un mensaje personal del vicepresidente George Bush a Manuel Fraga a través de Miguel Herrero de Miñón hizo notificar su posición un tanto sorprendente de no en un referéndum de la OTAN por inducción de José Maria Cuevas, presidente a la sazón de la CEOE, que buscaba ponerle piedras en el camino a un Felipe González socialista – incómodo para la patronal – a quien los americanos tildaban de «joven nacionalista español» como yo mismo pude detectar en cenáculos de Washington en aquellas fechas.
En el año 1983 el embajador Terence Todman vino a Morella (Castellón) en visita privada y quiso almorzar conmigo en el Hotel del Cardenal Ram. Su curiosidad me sorprendió no menos que los temas de la conversación. Entendí la gratitud hacia Javier Calderón y sus hombres. España se convirtió en la estratégica retaguardia de la OTAN que no haría necesario un nuevo desembarco en Dunkerque en un supuesto de guerra.