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¿Cuál es el origen de la Velá de Santa Ana?

Abc.es 
Triana celebra estos días su fiesta grande, «los días señalaítosˮ, y pocas celebraciones españolas pueden presumir de una partida de nacimiento semejante: un rey enfermo de los ojos, un voto a la madre de la Virgen y la primera iglesia que la Sevilla cristiana levantó de nueva planta. De aquella gratitud de Alfonso X el Sabio nació una vigilia nocturna que el tiempo fue convirtiendo en fiesta: la velada —la velá — de Santa Ana, que suma más de siete siglos en el arrabal, herencia viva del más sabio de nuestros reyes. Fernando III murió en el alcázar de Sevilla el 30 de mayo de 1252, apenas tres años y medio después de conquistar la ciudad, y su hijo fue alzado rey en ella dos días después. Alfonso X hizo de Sevilla la niña de sus ojos: en ella instaló su corte durante largas temporadas, en ella quiso ser enterrado y en ella murió, el 4 de abril de 1284, abandonado por casi todos menos por la propia ciudad, que le guardó lealtad en la guerra contra su hijo Sancho. En las tres décadas que median entre ambas fechas, el Rey Sabio dejó una huella material que todavía pisamos. En 1252, primer año de su reinado, ordenó levantar las Reales Atarazanas, el gran astillero del reino. En el alcázar construyó el palacio gótico, primer palacio cristiano del recinto. Y en la otra orilla del río atendió al arrabal que crecía en torno al castillo de San Jorge: una puebla que un privilegio de 1253 incorporó al concejo de Sevilla y que los documentos llaman ya Triana. Sus vecinos oían misa en la ermita de San Jorge del castillo, un espacio a todas luces insuficiente para un caserío en expansión. De aquella necesidad nació la iglesia de Santa Ana, la primera que la Sevilla cristiana levantó de nueva planta, pues las restantes parroquias de la ciudad se habían instalado en mezquitas consagradas. La necesidad, y algo más: una promesa. Cuando Alfonso murió, su cuerpo quedó en la Capilla Real de la catedral; su corazón y sus entrañas viajaron a Murcia. Sevilla heredó, además, con su «Catedralˮ de Triana. La tradición cuenta que Alfonso X padecía una grave dolencia en los ojos, que temió perder la vista y que se encomendó a Santa Ana, madre de la Virgen, prometiéndole un templo si sanaba. Curado, habría cumplido el voto en Triana. Aunque no existe documento fundacional que conserve esa promesa: es una tradición piadosa, recogida y repetida por los eruditos sevillanos siglos después. Pero conviene comprender que la enfermedad del rey está fuera de toda duda. La Crónica de Alfonso X relata que hacia 1280, estando en Córdoba para entrar en la vega de Granada, un dolor tan violento le acometió en un ojo que hubo de renunciar a la campaña y enviar en su lugar al infante Sancho. Y en 1948, cuando el forense Juan Delgado Roig examinó sus restos en la Capilla Real, halló el tabique nasal perforado y una extensa necrosis en el maxilar y la órbita izquierdos: la huella ósea de un probable tumor maxilofacial que empujaba el ojo fuera de su cuenca, deformó el rostro del monarca en sus últimos años y alimentó entre sus contemporáneos rumores de lepra. La historiografía actual sitúa el arranque de las obras de Santa Ana entre 1276 y 1280, en los años finales del monarca, precisamente cuando la dolencia arreciaba y la corte residía en la ciudad. La leyenda del voto, cuando menos, se levanta sobre una patología real. Velá es velada, y velada viene de velar: pasar la noche en vela ante la imagen. Terminado a comienzos del siglo XIV el templo de ladrillo con aires de fortaleza — almenado y con azoteas defendibles, pues se alzaba extramuros, lejos del amparo de la muralla—, los trianeros adquirieron la costumbre de velar a su titular la noche del 25 al 26 de julio, víspera de su festividad, que el calendario hace coincidir con la de Santiago; de ahí el nombre completo de velada de Santiago y Santa Ana. La imagen que velaban es la misma que hoy preside el retablo mayor, la que el barrio llama con familiaridad de siglos la señá Santa Ana: una talla gótica francesa de la santa con la Virgen y el Niño, labrada en la segunda mitad del siglo XIII y retocada a comienzos del XVII por Francisco de Ocampo. La velada no era una excepción trianera, sino una institución festiva de la Sevilla antigua: la ciudad veló durante siglos a San Juan y San Pedro en la Alameda y a otros muchos titulares en la víspera de su fiesta. La de Triana es, pues, la única velada histórica que ha llegado viva a nuestros días, aunque no la única que hoy se celebra: los barrios nacidos en el siglo XX —el Polígono de San Pablo, el Cerro del Águila, San Jerónimo, Pino Montano— adoptaron el nombre y la fórmula para sus propias velás, y hasta el Arenal estrenó la suya en 2023. La forma sobrevive; la antigüedad, solo en Triana. La víspera de Santa Ana cae en plena canícula, y la vigilia junto al templo se iría pronto moviendo hacia el río en busca del frescor del Guadalquivir. Mientras los mayores velaban en la iglesia, los jóvenes se bañaban; a las puertas de las casas de la orilla del río y la calle Larga (actual Pureza) brotaron el cante y el baile, y en torno a los devotos fue cuajando el pequeño comercio de la fiesta: buñolerías, puestos de agua, las avellanas verdes y el vino. La velada atraía a los sevillanos de la otra orilla, que cruzaban por el viejo puente de barcas, y a los vecinos del Aljarafe, comarca volcada desde antiguo en Triana. El siglo XIX aceleró la metamorfosis. En 1852 se inauguró el puente de Isabel II, que jubiló al puente de barcas y multiplicó el trasiego; aquel mismo año, las fiestas por el nacimiento de una hija de los duques de Montpensier —los reyes sin corona del palacio de San Telmo— trajeron a Sevilla un juego de origen napolitano llamado a hacer fortuna en la otra orilla: la cucaña, cuyo nombre procede de la cuccagna italiana. A finales de la centuria, la Velá era ya, a todos los efectos, una verbena de farolillos, veladores, músicas y bailes junto al río, con la novena y la función a la titular custodiando el núcleo religioso que había dado origen a todo. Lo sagrado y lo profano aprendieron a convivir en la misma orilla, y en esa convivencia sigue estando el carácter de la fiesta. La velá que conocemos es hija del siglo XX. En sus primeras décadas la fiesta adquirió organización formal, con programa impreso y festejos regulados, y en 1910, fecha comúnmente aceptada, la cucaña entró en el programa oficial: un palo ensebado tendido sobre el río desde una embarcación, con una bandera en el extremo que premia al valiente equilibrista capaz de alcanzarla antes de caer al agua. La Guerra Civil y la primera posguerra impusieron el único paréntesis prolongado que se le conoce; el Archivo Municipal conserva programas como el de 1952 que muestran la fiesta ya plenamente restablecida, con sus regatas, sus concursos y sus carreras ciclistas. La segunda mitad del siglo fijó la liturgia actual: el pregón inaugural, el alumbrao de medianoche, las casetas alineadas en la calle Betis, el escenario del Altozano, la cucaña de cada tarde y los fuegos que despiden la celebración. El reconocimiento institucional llegó el 16 de febrero de 1999, cuando la Junta declaró la Velada de Santiago y Señora Santa Ana Fiesta de Interés Turístico Nacional de Andalucía. Hoy la organiza el Ayuntamiento a través del Distrito Triana, y la edición de 2026 ha estirado las actividades desde mediados de mes, con la semana grande del 21 al 26 de julio. La parroquia, entre tanto, mantiene su novena, su función solemne y los gozos de Santa Ana la noche del 25 al 26, que recuperan la vieja tradición de velar a la santa. Cuando el domingo se apaguen las luminarias de la calle Betis quedará lo que estaba ahí desde el principio: la iglesia que un rey enfermo levantó a la madre de la Virgen y el barrio que convirtió una vigilia en fiesta. Más de siete siglos lleva Triana velando a la Abuela de Dios, Santa Ana, y hoy la fiesta está más viva que nunca. Detrás de eso hay un trabajo callado y constante de la comisión organizadora y del Distrito Triana, que han devuelto a la Velá el pulso que le corresponde: el de la fiesta más antigua de Sevilla y Fiesta Mayor de la ciudad, herencia del más sabio de nuestros reyes.

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