Pasó una tarde por Valencia el gran Alberto García Reyes y acudió hasta mi morada para charlar un rato y pimplar un poco. Mientras observaba desde sus ojillos de querubín ilustrado la estrafalaria decoración, proyectaba una sonrisa elegante como el silencio de la Maestranza cuando Curro Romero destapaba el tarro de las esencias. Murmuraba entonces Alberto, por lo bajini, templando su voz: «Qué arte, pero qué arte…». Exageraba, claro. En mi hogar, híbrido entre jibarizado castillo de conde Drácula y gabinete de científico loco de película de serie B, se acumulan trastos inservibles porque uno vive sometido a esta clase de extravagantes taras. Lo que le parece a uno que derrama arte, insuperable arte, y por eso recordé aquel suave...
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