El título es engañoso, hay que reconocerlo, pues da la impresión de que se va a tratar aquí sobre materia cinematográfica importante. No teman, todo es ligero como el tutú de una bailarina. Las claves del cine en este siglo y en el pasado se pueden resumir en cinco verbos: ir, ver, sentir, salir y discutir. El verbo ir ha perdido parte de su esencia: ya no es fundamental para el siguiente verbo, el ver cine; el personal se forra a ver películas sin necesidad de ir a ningún lado. El verbo sentir es crucial para el cine, se vea donde se vea, y el verbo salir es imprescindible siempre que se haya entrado en una sala, y lo deseable es que a la salida uno se sienta mejor que a la entrada. Lo de discutir sobre la película una vez terminada es una forma de honrarla casi tan buena como el aplauso. Y ahora, por abusar de lo engañoso del título, vamos a proponer cinco películas claves del siglo XXI que riman en consonante con esos cinco verbos y con su buena conjugación. Ir a verlas, sentirlas y salir del cine y discutirlas, porque son muy discutibles y probablemente haya lectores y cinéfilos que no estén de acuerdo con la selección ni con el seleccionador. Otra razón no menos importante para traerlas aquí es que nos van a proporcionar buenas fotografías para alegrar el texto, que los textos a palo seco tienen que estar muy bien escritos para que el lector no huya a otro con buenas y prometedoras imágenes. Las cinco películas discutibles (para mí, indiscutibles) son 'Cold War', del polaco Pawel Pawlikowski; 'Gran Torino', de Clint Eastwood; 'La gran belleza', de Paolo Sorrentino; 'Toy Story 3', de Lee Unkrich, o Pixar, y 'La La Land', de Damien Chazelle. Y cada una de ellas tiene un momento, entre muchos, que es como un tatuaje, no en el brazo como el de los futbolistas, sino en el corazón, o quien lo prefiera, en el alma. En 'Cold War' está su final, la escena de Zula y Wiktor, sentados en un banco de madera junto a la iglesia en la que han ingerido el bebedizo para convertir su amor oxidado en inoxidable y eterno, y deciden irse a ver 'el paisaje' al otro lado del camino. Sencillo, trágico, hermoso y digno de llevárselo a la calle a discutirlo. En 'Gran Torino', lo esencial es el guiño de Clint Eastwood a su personaje clásico en mil películas, su sacrificio cuando va al encuentro de los pandilleros armado con un mechero que desenfunda como si fuera un revólver y lo acribillan. El hosco, racista y misántropo Walt Kowalski le pone una lápida a Harry Callahan y a William Munny (los perfiles más afilados de Clint Eastwood, en 'Harry el sucio' y 'Sin perdón') y escribe en ella: yo soy yo y mi contradicción. Si uno cae en el encanto de 'La gran belleza' y en la honda nostalgia de Jep Gambardella, su personaje, lo acompañará de por vida en ese viaje nocturno, a luz de candelabro, por los tesoros de las grandes mansiones y guiados por el enigmático Stefano, el hombre que posee todas las llaves de los palacios más hermosos y del arte 'escondido'. Un momento que produce un estado de belleza similar en lo poético e irrepetible como aquella escena de Juliette Binoche en 'El paciente inglés', suspendida con una cuerda, que descubre a la luz de la antorcha los frescos de Piero della Francesca en la Basílica de San Francisco, en Arezzo, Toscana. Ir, ver, sentir y… no olvidar. La tercera parte de 'Toy Story' contiene el momento más grande y emotivo del final de la infancia, cuando Andy le entrega sus juguetes a la niña Bonnie, los saca de su caja y se los presenta uno a uno, con sus grandes cualidades y, de repente, allí al fondo está Woody, del que no quiere desprenderse. En esa despedida y con un 'adiós, vaquero' el niño Andy coge el tren sin vuelta a la vida adulta. 'La La Land' es un musical alegre, luminoso y con una pareja llena de encanto que, en busca de su propio éxito, se separa. La luz cambia, se entristece. Años después ella, ya casada, lo encuentra en su Club de Jazz, con su piano y la canción de ambos… Y en una escena asombrosa, imposible, vemos todo lo que no ha pasado entre ellos, su no vida en común, sus hijos, su felicidad… Se lanzan una sonrisa triste el uno al otro (tal vez, ellos también han visto en su interior las mismas imágenes que nosotros). Termina. Y uno vuela a hablarlo con los demás al sudor de un gin tonic.