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Marlaska vuelve a Ceuta: el ministro de todas las crisis de Sánchez

Fernando Grande-Marlaska vuelve este jueves a Ceuta. Lo hace apenas unas horas después de que su silla quedara vacía en el Senado, donde el PP había reclamado su presencia en el Senado para explicar precisamente la gestión de la mayor crisis migratoria sufrida por la ciudad autónoma.

La fotografía de su asiento desocupado resumió el último enfrentamiento político de un ministro acostumbrado a vivir bajo presión. Los populares calificaron su ausencia como un acto de «desobediencia deliberado e inexcusable» y estudian nuevas acciones después de que Interior rechazara la fecha impuesta por la Cámara Alta.

Pero Marlaska ha preferido Ceuta al Senado. Su regreso tiene una enorme carga política. Interior ha estado en el centro de las preguntas todavía sin resolver sobre la entrada masiva desde Marruecos: qué sabía el Gobierno, cuándo lo supo, qué avisos recibió y por qué no pudo impedirse.

La posición del ministro ha chocado además estos días con la defensa que Margarita Robles ha realizado del CNI, después de que distintas informaciones apuntaran a que los servicios de inteligencia habían advertido de movimientos preocupantes antes de la crisis.

Lo cierto es que para Marlaska la tormenta no constituye ninguna novedad. Pocos ministros de Pedro Sánchez han acumulado tantas crisis y pocos han demostrado semejante capacidad para sobrevivirlas.

Entró en Interior en junio de 2018 y permanece allí más de ocho años después. Por el camino, Sánchez ha remodelado repetidamente sus gobiernos, ha cambiado vicepresidentes, portavoces y buena parte de los ministros que le acompañaron en su llegada a La Moncloa. Marlaska continúa.

Su primera gran polémica llegó apenas dos meses después de asumir el cargo. En agosto de 2018 destituyó por «pérdida de confianza» al entonces jefe de la UCO, el coronel Manuel Sánchez Corbí, después de que este ordenara suspender temporalmente determinadas investigaciones por falta de fondos.

La inmigración tampoco tardó en convertirse en una constante de su mandato. Marlaska llegó prometiendo retirar las concertinas de las fronteras de Ceuta y Melilla y defendiendo un modelo basado en un «control de fronteras no cruento». Poco después tuvo que defender las expulsiones rápidas frente a entradas violentas bajo una máxima diferente: «Humanidad no es permisividad». Posteriormente impulsó la elevación de algunos tramos de las vallas de Ceuta y Melilla mientras retiraba las cuchillas.

Pero probablemente ningún episodio deterioró tanto su relación con la Guardia Civil como el caso Pérez de los Cobos. Interior destituyó en mayo de 2020 al coronel que dirigía la Comandancia de Madrid después de que este se negara a informar a sus superiores sobre una investigación judicial relacionada con las manifestaciones del 8-M. La decisión desencadenó una tormenta en el Instituto Armado, provocó la dimisión del director adjunto operativo, Laurentino Ceña, y llevó a PP, Vox y Ciudadanos a exigir la dimisión inmediata del ministro.

Aquello convirtió a Marlaska en uno de los principales objetivos de la oposición. Y también marcó una relación difícil con sectores de la Guardia Civil que ha reaparecido periódicamente durante su mandato, especialmente cada vez que las investigaciones de la UCO han alcanzado el corazón político del poder. La unidad ha adquirido durante los últimos años un protagonismo extraordinario por las investigaciones judiciales que afectan al entorno del Gobierno.

A esa lista se han ido sumando otras crisis. La política migratoria y las fronteras de Ceuta y Melilla; las polémicas sobre devoluciones; las relaciones con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad; y, ya este mismo año, el escándalo que terminó con la salida del director adjunto operativo de la Policía Nacional, José Ángel González, después de conocerse una querella por una supuesta agresión sexual. Marlaska aseguró entonces que desconocía el procedimiento y llegó a afirmar que dimitiría si la víctima consideraba que el Ministerio le había fallado.

El desgaste también ha alcanzado a su relación con La Moncloa. Sánchez llegó a recriminar a Marlaska que el Gobierno se enterase siempre «el último» de las revelaciones de la UCO en la investigación que terminó cercando a Santos Cerdán, pese a que la Guardia Civil depende orgánicamente de Interior.

El presidente trasladó entonces su malestar por la incapacidad del Ministerio para anticipar el alcance de unas pesquisas que golpeaban directamente al corazón del PSOE. No fue el único momento delicado. Meses antes, Marlaska había puesto su cargo a disposición de Sánchez por la polémica compra de munición a una empresa israelí por parte de la Guardia Civil, una operación que chocaba con el compromiso político del Ejecutivo de romper determinados vínculos comerciales con la industria militar de Israel. Sánchez rechazó entonces su dimisión y el ministro volvió a sobrevivir.

Ceuta vuelve ahora a reunir prácticamente todos los elementos que han perseguido políticamente al ministro desde 2018: inmigración, control fronterizo, Guardia Civil, inteligencia, seguridad nacional y oposición parlamentaria.

Y existe una diferencia. La dimensión de la crisis ha obligado al Gobierno a movilizar miles de efectivos y ha abierto un conflicto político con Marruecos mientras el Ejecutivo intenta aclarar cómo pudo producirse una entrada masiva de semejante magnitud. Marlaska se encuentra inevitablemente en el centro porque bajo su autoridad se encuentran Policía Nacional y Guardia Civil y porque Interior es el departamento responsable del control de fronteras.

Su decisión de no acudir ayer al Senado ha añadido otra controversia. El ministro argumentó que tenía compromisos relacionados con el dispositivo de seguridad del eclipse y recordó que ya había solicitado comparecer a finales de agosto en el Congreso. El PP, que posee mayoría absoluta en la Cámara Alta, mantuvo la convocatoria y convirtió su ausencia en una imagen política: la silla de Marlaska permaneció vacía durante toda la sesión.

Veinticuatro horas después, el ministro reaparece precisamente en Ceuta.

La visita permite a Interior proyectar la imagen de un ministro sobre el terreno y pendiente del dispositivo desplegado después de la crisis. Pero difícilmente cerrará las preguntas que le esperan cuando finalmente se siente ante el Parlamento: qué información manejaba Interior antes de la avalancha, qué avisos recibió, qué conocían Policía y Guardia Civil y por qué el Estado no pudo anticiparse.

Son las preguntas de la última crisis de Fernando Grande-Marlaska.

Después de ocho años en Interior, probablemente nadie en el Consejo de Ministros esté más acostumbrado a responderlas.

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