Más de una década sin Rafael Chirbes: el escritor que vio venir el derrumbe
El 15 de agosto de 2015 murió Rafael Chirbes. Tenía 66 años y acababa de recibir, dos años antes, el Premio Nacional de Narrativa por "En la orilla". Había llegado al reconocimiento relativamente tarde, después de una carrera literaria construida sin demasiadas concesiones y al margen de las modas. Once años después de su muerte, resulta difícil leer algunas de sus novelas sin tener la sensación de que Chirbes estaba contando un país que todavía no habíamos terminado de entender.
Ahí está "Crematorio", publicada en 2007. Chirbes se metió hasta el fondo en la España del ladrillo, de las recalificaciones, del dinero fácil y de una prosperidad que parecía no tener final. La novela apareció antes de que la crisis inmobiliaria hiciera saltar por los aires buena parte de aquellas certezas. Después llegó la realidad y, de algún modo, confirmó la ficción.
"En la orilla", publicada en 2013, fue todavía más lejos. Ya no se trataba solamente de contar cómo se había construido aquella España de urbanizaciones y pelotazos, sino de mirar qué quedaba cuando la fiesta terminaba. Un hombre arruinado, un paisaje degradado y una sociedad que había perdido buena parte de sus ilusiones. Chirbes no necesitaba grandes discursos: le bastaba con poner a sus personajes delante de los restos.
Pero quedarse con el Chirbes de la corrupción y la burbuja inmobiliaria sería reducir demasiado su literatura. Desde "La larga marcha" hasta "La caída de Madrid", pasando por "La buena letra" o "Los viejos amigos", su obra levantó una particular historia de España: la de quienes sobrevivieron a la posguerra, la Transición, el desarrollismo y el espejismo de la modernidad. Una historia contada desde abajo y, sobre todo, desde sus contradicciones.
Chirbes desconfiaba de las versiones demasiado limpias del pasado. En sus novelas nadie sale completamente bien parado. Tampoco él pretendía hacerlo con el lector. Su literatura obliga a preguntarse cuánto hay de memoria, cuánto de autoengaño y cuánto de conveniencia en la historia que nos contamos sobre nosotros mismos.
Después de su muerte todavía llegarían "París-Austerlitz" y la publicación de sus diarios, que permitieron completar el retrato de un escritor que nunca tuvo demasiada prisa por caer bien.
Once años después, quizá esa sea una de las mejores formas de recordar a Chirbes: volver a sus libros. No porque el mundo se haya convertido en el que él imaginó, sino porque algunas de sus preguntas siguen siendo demasiado actuales.