He amanecido bañada en sudor, el pelo pegado como chicle, la respiración acezosa por una pesadilla anticipatoria y deletérea. Mi terrible sueño empezaba un 15 de mayo del 27, con anuncio de convocatoria electoral para julio. El presidente, más delgado que nunca, explicaba a los medios que la fecha era idónea para desmovilizar a la derecha vaga, más interesada en el chalé que en las urnas. «Éstos –decía en RTVE– con cuatro langostas y bien de rebujito pierden el sentido. Sólo piensan en la pasta». Luego cogía el Falcon y se iba a hacer campaña. A Pedro le salían las cuentas. Contaba con un empujón del voto exterior, la reactivación de las bases fieles y los acuerdos postelectorales. Por las...
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