Los nombres cantaban por sí solos: Flauta I y II, Palillito, Clarín, Pianero y Rompeplaza. Una corrida de Alcurrucén que evocaba a la familia de los músicos, como si la divisa de los Lozano hubiese compuesto una suite especial para la fecha más taurinísima del calendario. Faltaba un Pasodoble para completar el armónico elenco. Instrumentos de carne y hueso, de una seria belleza que no se vería en ninguna otra plaza. Seis estampas -siete con el sobrero- que conformaban una orquesta lista para interpretar la partitura de la tauromaquia, pero faltó alma. Variada fue la corrida, de noble fondo en conjunto y que debió de arrastrarse sin alguna oreja más. Por h o por b, eso no sucedió. Faltó esa...
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