La fascinante historia de una expedición olvidada al corazón del Ártico
Un buen día aparecía entre nosotros un libro excepcional que nos ofrecía una cara desconocida del célebre Arthur Conan Doyle, “Viaje al Ártico”, alrededor de lo cual resultó ser “la primera aventura realmente sorprendente de mi vida”», tal como dejó escrito en sus memorias. Y en efecto, al seguir su diario de viaje, Doyle, que tenía veinte años y cursaba tercero de medicina en la Universidad de Edimburgo cuando un amigo le propuso sustituirle para ir al Polo Norte, uno se contagiaba del peligro continuo a bordo de un barco que regresaría a casa con ballenas, focas, osos polares, narvales y pingüinos. Pero lo más impactante, aparte de la trágica muerte de un compañero por un problema intestinal que no puede evitar, es imaginarlo matando focas: “Es un trabajo sangriento, aplastar las pobres cabecitas mientras te miran con los ojos grandes y negros”.
Este comentario piadoso enseguida era seguido de otros llenos de orgullo por dar en el blanco de varios elefantes marinos. Incluso Doyle contaba por carta a su madre el proceso: “… a los pequeños se les aplasta el cerebro con mazos. Allí mismo se les quita la piel junto a la grasa y se las arrastra hasta el barco” y se describía en estos términos: “El capitán dice que tengo el aspecto más salvaje que ha visto en su vida. Mi pelo no tiene fin, la cara está sucia y sudorosa, y mis manos están llenas de sangre”. Es el resultado de concebir la caza casi como una obsesión, de ahí que Doyle anote con frecuencia el número de ejemplares conseguidos. Y eso que hasta bien entrado el diario, asegura: “¿Por qué las focas son los animales más sagrados? Porque se menciona en el Apocalipsis que el último día un ángel acogerá a seis de ellas en las puertas del cielo”. Pero la tripulación volvería, aun leyendo la Biblia en la travesía, con unas mil trescientas.
Gracias a aquellas páginas, se podía apreciar cómo a finales del siglo XIX, visitar esos lares era jugarse la vida de continuo (“si un desgraciado se resbala entre dos bloques, lo que es fácil, corre la suerte de ser cortado en dos”) y cómo era de duro el hecho de matar focas: “Es un trabajo sangriento, aplastar las pobres cabecitas mientras te miran con los ojos grandes y negros”. Un comentario piadoso que enseguida era seguido de otros llenos de orgullo por dar en el blanco de varios elefantes marinos. Mucho más amable, por otra parte, era el Ártico que enamoró a Jules Verne, que llevó los paisajes polares a obras como «La esfinge de los hielos» o «El país de las pieles». Y es que un lugar así sólo podría despertar la sensación de fascinación, peligro pero también desconocimiento, por decirlo con el subtítulo de otro libro reciente, “Sueños árticos”, de Barry Lopez, libro publicado en 1986 que fue todo un superventas y consiguió el National Book Award.
Una catástrofe naval
Durante más de cuatro años, Lopez fue conociendo el[[LINK:TAG|||tag|||63361c1759a61a391e0a1c49||| Ártico]] desde el estrecho de Bering, en el oeste, hasta el estrecho de Davis, en el este. Un sinfín de espectáculos naturales se abrió a sus ojos; un sinfín de hallazgos curiosos se cruzó en su camino, como un colmillo de mamut o “el círculo de piedras utilizado por un cazador de hace 1.500 años para sujetar el reborde de su tienda de pieles”. De esta manera, el tiempo y la historia se desintegran a lo largo de esos desiertos de hielo hasta convertir su pureza y blancura en algo eterno, como también se aprecia en el nuevo libro de Javier Peláez, “En busca del último continente. El desastre del Karluk en el Ártico”.
El libro comienza con una escena inquietante: el hallazgo, en 1924, de restos humanos en la remota isla Herald, en pleno océano Ártico. A partir de ese descubrimiento, el lector es conducido hacia una de las expediciones polares más desconocidas del siglo XX, la del Karluk, una empresa que pretendía alcanzar el último gran espacio en blanco de los mapas. El autor convierte ese episodio histórico en un misterio que despierta inmediatamente la curiosidad y plantea una pregunta irresistible: ¿qué ocurrió realmente con aquellos hombres? El autor se adentra así en la gran época dorada de la exploración polar y, para ello, reconstruye el ambiente intelectual y científico de principios del siglo XX, cuando parecía que el planeta estaba a punto de ser completamente cartografiado. Explica Peláez cómo las grandes gestas de exploradores como Amundsen o Peary alimentaban la idea de que aún podía existir un territorio desconocido entre [[LINK:TAG|||tag|||63361399ecd56e3616931bb2|||Alaska,]] Siberia y el Polo Norte.
A lo largo de las páginas, las descripciones del paisaje ártico transmiten la inmensidad, el aislamiento y la hostilidad de un entorno casi imposible para la vida humana. “La búsqueda del último continente terminará convertida en una verdadera odisea tan insólita y terrible como olvidada", dice el autor, que reflexiona sobre el final de la era de las grandes exploraciones al hilo de mostrar que la expedición del Karluk pertenece a un momento de transición entre dos mundos: el de las expediciones clásicas, realizadas prácticamente sin comunicaciones ni posibilidades de rescate, y el nacimiento de la exploración moderna apoyada por la tecnología. Resume esa idea de forma muy expresiva cuando escribe que aquellos hombres partieron "como en siglos anteriores, sintiendo la mayor de las soledades lejos de cualquier atisbo de civilización con la que comunicarse y de la que recibir ayuda."
La voz de los testimonios
Obsesionado con el material que estudiaba, Peláez relata cómo fue reuniendo diarios, mapas, fotografías y publicaciones antiguas hasta convencerse de que aquella expedición merecía un estudio completo, más si cabe al señalar que "nadie ha escrito jamás un libro en castellano sobre la aventura del Karluk", poniendo de manifiesto el enorme vacío bibliográfico que existía sobre este episodio. De este modo, el libro sigue el desarrollo de la Expedición Ártica Canadiense con un enfoque coral, reconstruyendo el papel de científicos, marineros y exploradores a medida que el Karluk se interna en un territorio donde el hielo impone sus propias reglas. Peláez explica las decisiones que marcaron el destino de la expedición, las tensiones surgidas entre sus responsables y las dificultades logísticas de una empresa concebida cuando la exploración polar dependía todavía de barcos de madera, trineos tirados por perros y el conocimiento adquirido por expediciones anteriores. Asimismo, presta también atención al componente científico de la misión, recordando que el objetivo de la expedición no era únicamente geográfico. Junto a la búsqueda de nuevas tierras, los expedicionarios debían recoger muestras, realizar observaciones meteorológicas, geológicas y biológicas y ampliar el conocimiento sobre una de las regiones menos estudiadas del planeta.
Pero tal vez lo más emocionante es conocer los testimonios de los propios protagonistas. Diarios, cartas y memorias permiten reconstruir los hechos desde perspectivas diferentes, mostrando cómo una misma situación fue vivida de manera distinta por cada uno de los miembros de la expedición. Esa pluralidad de voces aporta profundidad al relato y ayuda a seguir la evolución de unos hombres que pasaron de participar en un ambicioso proyecto científico a enfrentarse a una situación extrema en uno de los lugares más inhóspitos del planeta