Primero Wittgenstein y luego los posestructuralistas predicaron la idea de que las cosas no existen en la comprensión humana hasta que no reciben un nombre. Sostenían la idea, básicamente cierta, de que el lenguaje influye en la forma en que percibimos el mundo, y por tanto determina, construye, delimita y ordena el pensamiento. Por eso para relatar la fundación de Macondo como metáfora de una creación 'ex novo', García Márquez comenzó 'Cien años de soledad' diciendo que todo era allí tan reciente que la gente nombraba las cosas señalándolas con el dedo. Saber cómo se llama algo permite pensar en la categoría incluso en ausencia del objeto; el signo lingüístico es el punto de anclaje donde la comunidad consolida los...
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