La tensión y el misticismo que envuelven al clásico ya se respiraban en la Ciudad Condal mucho antes de que el balón echara a rodar. Las calles aledañas al estadio se convirtieron, desde horas tempranas, en un río humano teñido por el color azulgrana de miles de camisetas del Barcelona. Los cánticos espontáneos y el murmullo constante de la afición local, aunque había mucho turista con entrada, crearon una atmósfera eléctrica, propia de las grandes citas donde no solo se juegan tres puntos, sino el orgullo y la hegemonía. A kilómetros del epicentro culé, la expectación también alcanzaba su punto álgido. El Real Madrid fijó su cuartel general en el Hotel Intercontinental, donde aterrizó exactamente a las 13:08 horas. Allí esperaban algo más de un centenar de aficionados blancos, ataviados con bufandas y banderas, que rompieron la calma del mediodía barcelonés. Entre aplausos de apoyo a los suyos, también se profirieron gritos en contra del Barcelona, caldeando una rivalidad que no entiende de treguas. La plantilla madridista fue desfilando hacia el vestíbulo, pero el momento cumbre llegó al final: Kylian Mbappé fue el último en salir del autocar. Su aparición desató la locura, consolidándose como el futbolista más aclamado por la parroquia madridista desplazada. Courtois, con gripe , y Vinicius, sancionado, fueron dos de las bajas más notables de la expedición merengue. Por su parte, el Barcelona optó por el recogimiento y la cercanía en el Hotel Torre Melina Gran Meliá. En sus inmediaciones, un nutrido y ruidoso grupo de aficionados culés se congregó para blindar a los suyos con un pasillo de aliento y cánticos de victoria, dejando claro que el factor campo empezaba a jugarse desde los hoteles de concentración. Este despliegue pasional no es para menos, pues el planeta entero se detiene ante este choque. La realización audiovisual del clásico, consciente de su audiencia potencial de 650 millones de espectadores en todo el globo, se ha transformado en un auténtico hito tecnológico. Para captar cada gota de sudor, cada polémica y cada gesto técnico, la producción cuenta con un despliegue de 38 cámaras, lo que supone 13 más de las habituales en este tipo de partidos de la máxima exigencia. Un festín visual para el espectador que lo sigue desde el sillón de casa. Noventa minutos antes del pitido inicial, el termómetro ambiental terminó de estallar sobre el propio césped. Siguiendo el habitual ritual de los prolegómenos, los jugadores del Real Madrid saltaron a inspeccionar el terreno de juego para comprobar el estado de la hierba y aclimatarse al entorno. La respuesta de las gradas, con una floja entrada aún, fue unánime: una pitada recibió a la expedición blanca. Los pitos posteriores, durante el calentamiento, ratificaron la hostilidad deportiva. Conjura culé en un corrillo antes de regresar a vestuarios. La salida de los jugadores y los árbitros al campo estuvo presidida por un enorme tifo formado en las gradas con el lema 'Batec blaugrana' (latido azulgrana). En el palco se podía palpar la frialdad entre los dirigentes culés y los blancos. Con las relaciones institucionales rotas a raíz del caso Negreira, Florentino declinó viajar (algo que viene sucediendo desde marzo de 2023) y el contacto de Laporta con los directivos del Madrid se limitó a un café en el antepalco. Ocho minutos tardó Mourinho en salir del banquillo como un poseso recriminando una decisión de Juan Martínez Munuera tras una falta de Tchouaméni sobre Xavi Espart. El árbitro se vio obligado a pedirle calma y la grada se encendió: «Vete al teatro, Mourinho vete al teatro», le cantaron recordando una de sus quejas ciando entrenaba al Chelsea. Las reiteradas faltas de Cucurella sobre Lamine Yamal (cinco en los primeros 38 minutos) también encresparon a Hansi Flick, que reclamaba la amarilla para el lateral blanco. El Camp Nou enmudeció con el gol de Mbappé al filo del descanso pero Raphinha le devolvió a la vida con su gol, el 13º que hace en el campeonato doméstico. El tanto culé espoleó también a Mourinho, que saltó como un resorte a dar indicaciones y se quedó de pie en su área técnica. En los minutos fiunales fue Cucurella el que recibió insultos por parte del gol sur. No le perdonan su pasado culé y su fichaje por el Madrid. Y como no podía ser de otra manera la polémica arreció con una entrada de Gordon sobre Güler que provocó la salida masiva del cuerpo técnico del Madrid. Mourinho se lo miraba serio, desafiante, mientras sus compañeros exigían una roja para el inglés, que quedó en amarilla. El portugués no dudó en celebrar el gol de Mbappé en el 88' de rodillas sobre el césped del Camp Nou. Y con el pitido final se fue hasta el centro del campo para abrazar y felicitar a Lunin.