Cuando Benedicto XVI aterrizó en Madrid en 2011 para presidir la Jornada Mundial de la Juventud, España seguía siendo –al menos estadísticamente– un país mayoritariamente católico. En su barómetro de diciembre de ese año, el CIS situaba en un 73,4% el número de españoles que se declaraban católicos y la Conferencia Episcopal estimaba que unos diez millones de personas iban a misa cada domingo. A pesar del proceso de secularización, agudizado desde los años 80 y 90 del siglo XX, dos de cada tres niños eran bautizados poco después de nacer y el 41,21 % de los matrimonios todavía se celebraban por la Iglesia. Pese a ello, las diócesis ya tenían serios problemas para administrar las 22.842 parroquias con un clero menguante , que entonces sumaba 19.621 sacerdotes, a los que les auxiliaban en su tarea unos ochenta y cinco mil catequistas. La vida consagrada mantenía todavía cifras que la situaban entre las más numerosas del mundo católico, aunque con 59.882 religiosos y más de diez mil en clausura (el 90 por ciento mujeres), ya atisbaba un declive que la iba a dejar reducida a la mitad. Por entonces, Rodríguez Zapatero apuraba los últimos meses de su mandato presidencial, marcado por decisiones que disgustaban a esa mayoría católica, como la aprobación del matrimonio homosexual, la ley de Memoria Histórica y la de plazos para el aborto , o una reforma educativa que reducía el peso de la asignatura de Religión en la escuela para dárselo a Educación para la Ciudadanía. Unas medidas que el episcopado, liderado entonces por el cardenal Rouco Varela, criticó con fuerza por considerarlas «adoctrinadoras». Tal era el grado de indignación que varios obispos rompieron una norma no escrita y salieron a la calle a protestar, incluso encabezando manifestaciones. Quince años después, León XIV encontrará una Iglesia muy distinta en casi todo. Más pequeña, más envejecida, menos influyente culturalmente y golpeada por la lacra de los abusos sexuales. Pero también más cohesionada internamente, más comprometida y que atisba un posible renacimiento que llega desde las generaciones más jóvenes, en lo que se ha venido a denominar el «boom» o el «giro católico» . «Quince años del siglo XXI no son como en el siglo XIV, pasan muchas cosas y, aunque la Iglesia tiene otros tiempos, también se adapta a esos signos de los tiempos tan rápidos», señala Jesús Avezuela, director general de la Fundación Pablo VI y letrado del Consejo de Estado. Avezuela constata un fenómeno que las cifras dejan patente. Ahora, los datos más recientes facilitados por la Iglesia católica –en su memoria de 2024– dibujan con claridad esa transformación. La vida sacramental se ha reducido a mínimos. Menos de la mitad de los niños nacidos ese año (el 46,02%) fueron bautizados, un hundimiento todavía más evidente en números absolutos (146.370 bautizos en 2024 frente a los 292.143 de 2011). Y los matrimonios católicos suponen solo el 17,94% del total y, con 31.462 enlaces, son la mitad de los que se produjeron cuando Benedicto XVI visitó España por última vez (67.313 matrimonios católicos). También se ha reducido el número de fieles en misa cada domingo (de 10 a 8,2 millones), al igual que las confirmaciones. Como evidencia de una Iglesia envejecida, la unción de enfermos es el único sacramento que aumenta. 26.013 personas enfermas o mayores recibieron el crisma en 2024, dos mil más que en 2011. Si a ello le unimos que, según el último barómetro del CIS, solo un 56,1% de españoles se declara católico, diecisiete puntos menos que en 2011, los signos nos muestran que la secularización ha pasado de ser una hipótesis a convertirse en el marco en el que se mueve la Iglesia española. Una realidad que también se percibe en sus fuerzas vivas. Mientras la capilaridad territorial se mantiene –sorprendentemente, el número de parroquias incluso ha aumentado en casi un centenar, hasta las 22.922–, el de sacerdotes se ha desplomado hasta los 14.994 y los religiosos se han quedado en 31.503, casi la mitad que hace quince años. Y aunque han vivido un repunte en los dos últimos años, tampoco parece que el número de vocaciones pronostique un cambio de tendencia: en 2024 había 1.036 seminaristas , 242 menos de los que conoció Benedicto XVI. «Lo que nos encontramos es una Iglesia más pequeña, de menor cantidad pero de mayor densidad», resume el sociólogo Fernando Vidal, profesor en la Universidad Pontificia Comillas. «Conforme disminuye el porcentaje, aumenta el compromiso . La gente que permanece está comprometida, más formada y participa más», añade Vidal, quien desde hace años investiga la realidad de la Iglesia católica española. Se trata de la sustitución del tradicional «catolicismo sociológico» , de una pertenencia y participación en los sacramentos y celebraciones marcadas, casi obligadas, por la herencia familiar, la tradición o la presión cultural, por una fe como opción personal, más comprometida. «El católico ya no se avergüenza de ser católico y muestra su fe con más convicción», afirma a ABC María Solano, profesora de Doctrina Social de la Iglesia en la Universidad CEU San Pablo. «No es un proselitismo barato, sino que siente que la fe le ayuda en su vida diaria», añade. Solano también apunta al fenómeno sociológico que en los últimos meses protagoniza tanto los debates mediáticos como las redes: el denominado «giro católico» de los jóvenes españoles. «Ha habido una auténtica revolución en estos quince años en la aproximación de los jóvenes a la Iglesia a través de distintas realidades, desde la música hasta los fenómenos de primera evangelización», indica la profesora de la CEU San Pablo. «Cada vez se sienten menos coartados a vivir su fe no solo en el ámbito privado, sino también en el público», añade. El aumento de bautizos de adultos o los retornos a la Iglesia de quienes llevaban años apartados, de los que dan fe los innumerables perfiles de «influencers» católicos en redes sociales, son prueba de que los jóvenes españoles tampoco se avergüenzan de ser católicos. A partir del análisis detallado de dos recientes encuestas sobre la religiosidad juvenil en España –el Barómetro sobre la Religión y Creencias en España (BREC) de 2025 y la realizada por la Fundación SM para su Informe de Juventud 2026–, Fernando Vidal pone números a este fenómeno. «De un trabajo cohorte a cohorte, lo que nos encontramos es que hay que añadir un millón cuatrocientos mil jóvenes católicos y novecientos mil practicantes. En la tesis de SM ese trasvase es de la no fe a la fe y en la encuesta del BREC es de no practicantes a practicantes», expone a este diario. Entre los motivos, «los que se han acercado a la fe y la Iglesia atraídos por los gestos y formas del Papa Francisco y los que durante la pandemia afirmaban que querían cambiar su modo de vida, aunque el fenómeno es más global: es un movimiento existencial, no sólo en lo católico», argumenta Vidal. «La gente busca elementos de sentido para su vida, existenciales, a través de diferentes vías, pero claramente hay una mayor necesidad de profundización en estas generaciones», apostilla. Por su parte, Jesús Avezuela interpreta que este fenómeno juvenil está contribuyendo a frenar el proceso de secularización que la Iglesia española vive desde hace años: «Lo que se está produciendo es un amortiguamiento de esa caída, precisamente gracias a esas nuevas generaciones, a las que vemos en conciertos de Hakuna , en retiros de Effetá o en las miles de cofradías». «Son jóvenes más espirituales y experienciales. A lo mejor su acercamiento se queda «en la primera puerta», pero, como decía hace unos días monseñor Luis Argüello, también «hay que mostrarles las otras estancias», para que entiendan que la Iglesia no solo es emoción, sino también compromiso y comunidad», precisa Avezuela. La bajada en el número de católicos contrasta también con un aumento de participación en las diversas manifestaciones de piedad popular, como las procesiones de Semana Santa o las peregrinaciones y romerías. Los obispos, que durante años se habían acercado a la religiosidad popular con prevención y con el ánimo de que viviera una «necesaria purificación» , ahora la contemplan como el «único cordón umbilical» de muchos creyentes con la Iglesia. El punto de inflexión, al menos visual, fue precisamente el viacrucis que la diócesis de Madrid organizó para la Jornada Mundial de la Juventud en 2011. Las estaciones estaban compuestas por quince pasos procesionales de un alto valor histórico y artístico, provenientes de toda España, que antes de situarse en el paseo de Recoletos habían recorrido la ciudad, procesionados por sus cofrades. Madrid vivió una Semana Santa en pleno agosto y muchos cofrades todavía recuerdan la imagen de un conmovido Benedicto XVI contemplando aquel fenómeno tan español. «La religiosidad popular se ha desideologizado y la Iglesia ha entendido que ahí hay una forma legítima de acercarse al misterio», sostiene Vidal. La consecuencia es que, según una encuesta del CIS, cerca de treinta millones de españoles siguen de una u otra forma las procesiones cada Semana Santa y que romerías como la de El Rocío o el propio Camino de Santiago acogen cada año cifras millonarias de peregrinos. Hay un asunto que separa radicalmente la Iglesia española de 2011 de la actual: los abusos sexuales a menores por parte del clero. Cuando Benedicto XVI vino a Madrid se hablaba de «casos aislados» , con la convicción de que era un fenómeno propio del mundo anglosajón. En este campo, la Iglesia española ha pasado en quince años de una actitud defensiva a otra basada en oficinas de protección, protocolos, auditorías y colaboración institucional. «Hemos pasado de mucho hermetismo a una fase de asunción de responsabilidades», afirma Avezuela sobre los abusos . «Ha sido una lacra tremenda, pero la respuesta actual está siendo mucho más transparente y más honesta que hace años», concluye Vidal. La gestión de los abusos también ha llevado a la Iglesia en los últimos años a un enfrentamiento con el Gobierno y las instituciones públicas, que tuvo su momento más tenso cuando el Congreso encomendó al Defensor del Pueblo que elaborara un informe sobre el problema. Una tensión que, también con otros temas, sigue muy presente en las relaciones Iglesia-Estado como hace quince años, aunque ahora los protagonistas ya no se llaman Zapatero y Rouco , sino Pedro Sánchez y Luís Argüello. Distintos nombres y conflictos, aunque la Iglesia sigue teniendo un importante peso e influencia. «Cuando la Iglesia, sea desde Roma o Añastro [sede de la Conferencia Episcopal] dice algo, hay una reacción política, y eso significa que lo que está diciendo la Iglesia está irradiando en la sociedad», explica Avezuela. Sí hay un cambio en la forma de afrontar el diálogo. Del tono más combativo frente al poder político, se ha pasado a combinar una firme presencia pública del mensaje católico con el mantenimiento de las relaciones institucionales, con una tensión que nunca ha llevado a ruptura. «No veo a una Iglesia jugando a partidos políticos» , sostiene Vidal. «La Iglesia intenta ser transversal y actuar más desde dentro de la sociedad que desde la confrontación», añade. La España que recibirá a León XIV ya no es la que aclamó a Benedicto XVI. Ha cambiado el país, han cambiado los gobiernos, han cambiado los obispos y ha cambiado también la Iglesia. Lo que está por ver es si ese catolicismo más pequeño, pero también más convencido, constituye el último capítulo de una secularización imparable o el primer síntoma de ese giro católico que para algunos augura una nueva primavera eclesial.