Miraba Morante en el paseíllo hacia un cielo que no existía, un cielo oculto por la cubierta multiusos. El cielo estaba en la tierra que pisaba el de La Puebla del Río, aunque se toparía con el purgatorio de los toros escogidos de Juan Pedro Domecq –y eso que ambos traían motivos para embestir–. Desde que dibujó la verónica y envolvió una media a su cadera grosella y oro dejó escrito que lo suyo era diferente. Qué lujo de vestido, una pieza de museo. El colorado, de generoso cuello, prometía más de lo que fue. Con un molesto punteo, había anotado mejor son por el izquierdo. A peor fue: ni gota de clase escondía. Toda la armonía era de Morante,...
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