No se conforma el señor Barbón con meter baza en todos los asuntos terrenales, mano en el bolsillo de los asturianos y morro en cualquier ágape que se le ponga a tiro; también gusta de andar meneando los celestiales, y así ha acabado mezclando la ciudad de Dios y la de Jerusalén en un solo villorrio, donde unos pocos viven del cuento y en la abundancia y tienen ganadas las llaves de san Pedro. Prometió su cargo colmando de besos el ejemplar de la Biblia que una parlamentaria de Vox había olvidado en el atril, con ademanes de monarca antiguo, y desde aquel momento no ha dejado de pregonar que es un creyente devoto y nunca ha faltado a misa...
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